La concentración
de medios: ¿amenaza o fortaleza?
Por Lupe
Cajías
¿Es novedad la concentración
de la propiedad de los medios colectivos de comunicación?
Claro que no. En América Latina este fenómeno data
por lo menos de los años cuarentas, y se reforzó
aún más con la consolidación de los imperios
televisivos en los años sesentas y setentas.
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| El
grupo del empresario Raúl Garáfulic, en Bolivia,
incluye un canal privado, una cadena televisiva y un importante
periódico nacional, entre otros medios de prensa.
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Lo nuevo de la acumulación
en esta década es que es una compra movible, veloz y flexible,
dentro –además– de un modelo económico mucho más
dinámico que el estatista. Parece que no existen límites
reales para las concentraciones, existan o no legislaciones.
Los grupos suelen compartir
segmentos de propiedad, lo que amplía su poder y hace que
su control sea más complejo, además de proyectar
el peligro de un manejo antidemocrático. Las nuevas tecnologías
aceleran los ritmos y alcances: las facturaciones pueden acumular
muchos ceros a la derecha o caer vertiginosamente. Es más
anónima y más inestable y crea por ello esa sensación
de terremoto, de terreno pantanoso y mentalmente inaprehensible.
Por ello, la concentración aparece como una amenaza.
Sin embargo, un análisis
de casos como O Globo, en Brasil, muestra que el acaparamiento
de la audiencia puede colaborar en la creación de medios
de calidad, competitivos en el ámbito mundial, y capaces
de generar una cultura nacional con llegadas a otros escenarios,
y suficientemente fuertes para enfrentar otras fuerzas foráneas.
Los analistas ven mayor
peligro para la libertad de expresión en los grupos que
llegan desde otras actividades económicas a la comunicación;
en la presencia y abuso de dueños que, a la vez, son políticos
militantes; y en la banalidad y baja calidad que han llegado al
mismo tiempo que las capitalizaciones.
¿Y el caso boliviano?
Valga esa introducción
para entender que el caso boliviano es original y a la vez igual
al panorama latinoamericano.
La historia de los
medios de comunicación es muy particular en este pequeño
país mediterráneo, con la más baja densidad
demográfica de la región, un alto porcentaje de
población indígena, preocupantes tasas de analfabetismo
real y funcional, y con un puñado de caminos mal asfaltados.
Mientras en los estados
fuertes sudamericanos, los grandes consorcios y las cadenas manejaban
la información, en Bolivia los propietarios eran más
diversos: el Estado (radio, periódico, el único
canal y el Instituto Cinematográfico); pequeñas
empresas, a veces unifamiliares; los sindicatos obreros, sobre
todo en las minas y en las fábricas; las alcaldías
rurales; las federaciones estudiantiles, y la Iglesia Católica,
que construyó el más grande consorcio multimedia
en el país.
Mientras sus vecinos
escuchaban pocas voces, los bolivianos tenían la oportunidad
de escuchar múltiples puntos de vista, y, además,
que el receptor fuese a la vez emisor, proceso comunicacional
que en los años la teoría alternativa trató
de imitar en los años setentas.
El ajuste estructural
de 1985 modificó el modelo económico de capitalismo
de Estado a una economía de mercado y, paralelamente, precipitó
una explosión de medios privados y su posterior concentración.
El ejemplo más
ilustrativo es el de la televisión. En 1969 apareció
como televisión estatal, y más tarde nacieron algunos
canales universitarios públicos. A partir del cambio de
modelo más de un centenar de canales lograron licencias
de transmisión, para una población de ocho millones
de habitantes. Más tarde, las grandes y nuevas cadenas
los fueron absorbiendo, aunque aún quedan muchos pequeños
con su programación de enlatados.
Al mismo tiempo que
desaparecían los antiguos protagonistas de la historia
–como los trabajadores mineros– desaparecían las emisoras
de propiedad colectiva, y aparecían los medios en manos
de nuevos actores sociales: políticos populistas, empresarios
provenientes de otras áreas de la economía (muchos
con fortunas acumuladas en una sola generación), líderes
de sectas religiosas.
De la misma manera
que en el resto del continente, en Bolivia comenzaron las compras
veloces, los cambios precipitados de uno a otro dueño,
las movidas y presiones para adquirir un número de acciones
y una sensación en la opinión pública de
ver jugar al "Monopolio" con sus antiguos gustos y preferencias.
El panorama actual
Este ritmo de compraventa
y acaparamiento no ha significado en Bolivia mejorar la calidad
de la oferta –sobre todo en la televisión– ni tener voz
propia con corresponsales en capitales importantes o siquiera
en el Mundial de Fútbol.
Los casos más
notables son los de políticos que acaparan medios. Ese
fue el impulsor de un grupo populista que creció velozmente
junto con sus programas populares y que se precipitó en
el vacío junto a ellos al caer el líder y el partido.
El caso de RTP (Radio Televisión Popular) y El Patriota,
fue un fenómeno en La Paz que les dio sucesivos triunfos
electorales a los conductores de los programas hasta la muerte
del director-jefe.
Intentos de partidos
políticos por acaparar la propiedad de medios de comunicación
han fracasado por falta de credibilidad en los consumidores.
Otros empresarios con
múltiples inversiones compraron radios, canales o intervinieron
en periódicos, sin entrometerse directamente en los contenidos.
Participaron en política con relativo éxito sin
afectar el crecimiento de sus propiedades comunicacionales.
Con el boom
de los medios privados aparecieron las cadenas de sectas religiosas,
algunas ligadas a sus centrales estadounidenses. Tienen licencia
de funcionamiento en casi todas las ciudades importantes.
La concentración
más debatida fue la lograda por el llamado "Grupo Garáfulic".
Raúl Garáfulic
es el típico self made que ganó dinero en
otras áreas de la economía, pero que solo fue conocido
por sus compras de medios. Primero un canal privado, luego la
cadena televisiva, y a partir de ahí un periódico
de gran influencia nacional, otro medio local, la mitad de un
periódico regional, otro poco en un semanario, comunicación
móvil, televisión por cable, junto a sus otras muchas
propiedades.
Aunque parece el más
grande, este "imperio" no tiene producción propia de programas
importantes y solo La Razón aporta para la historia
larga de la comunicación en Bolivia.
Esta concentración
es percibida como una "amenaza" por diferentes personalidades
públicas y por varios incidentes en los cuales aparece
su dueño como protagonista.
Casi a la defensiva,
las antiguas familias periodísticas –sobre todo las famosas–
han optado por unirse y compartir inversiones en otros medios.
Es una posibilidad de ser más fuertes para competir, y
de alguna manera ser más independientes del poder político
y de las presiones publicitarias. Hay una mejora en los medios
escritos, pero aún insuficiente para compararla con otros
medios regionales.
En cambio, el "gran
pulpo" es aceptado como un sistema multimedios que refleja la
realidad nacional y les da voz a los pobres.
La Iglesia Católica
no solo es la que más medios posee, sino que muchos de
estos son los más importantes en el país. Empezó
su historia en 1939 con Radio Fides, actualmente la de mayor sintonía,
y con una cadena de emisoras locales en todo el territorio.
En 1952 fundó
un semanario, luego matutino y hasta hace un lustro el de mayor
influencia nacional. Presencia es aún un periódico
con peso en el conjunto de los medios escritos. La Agencia de
Noticias Fides (ANF), fue la pionera y aún hoy es la con
más clientes. Radio San Gabriel fue la primera en transmitir
programas en idiomas nativos y tiene una fuerza inigualada en
el área rural. La Iglesia tiene, además, salas cinematográficas,
productoras de programas televisivos y películas, y varios
canales locales. En pocos meses tendrá su propia red televisiva
satelital.
Más de cien
multimedios dan un poder inmenso a este llamado "pulpo con fe".
A ello se agrega la formación tradicional de periodistas
en las carreras de comunicación de la Universidad Católica
Boliviana.
La Iglesia Católica
aparece invariablemente en las encuestas públicas como
la institución más prestigiosa y no hay cuestionamientos
públicos a sus muchas adquisiciones.
Algunos analistas creen
que esta concentración es una fortaleza, pues permite una
versión independiente al poder político y económico,
casi siempre contestataria.
Paradójicamente
dentro de sus propiedades, las instituciones eclesiásticas
actúan como patrones y dentro del modelo neoliberal.
Futuro incierto
En resumen, actualmente
hay menos voces que llegan a los medios colectivos aunque existan
más medios físicos; los medios pequeños tienden
a ser absorbidos o a desaparecer. La concentración no es
mala por sí misma o solo por una visión moralista,
sino que puede ser una amenaza o una fortaleza.
La mayor preocupación
está en los propios trabajadores de la prensa. La movilidad
los afecta directamente. Cada vez son menos los periodistas que
se quedan muchos meses –difícil hablar de años–
en un medio de comunicación. La rotación y la inseguridad
laboral son permanentes, y algunos prefieren la autocensura para
no perder espacios. Pelearse con dos grupos puede significar no
tener un nuevo chance.
El tema de la concentración
es una preocupación académica, pero no está
en la agenda política.
No existe legislación
que la reglamente, ni código ético que establezca
cuál es el límite de lo tolerable.
La mayor discusión
es si nuevas compras y un futuro cuasi monopólico terminarán
con la historia rebelde y de control social de la prensa boliviana.
(Lupe Cajías
es comunicadora social e historiadora.)
28
de septiembre de 1999