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Periodismo independiente cubano:
el frágil equilibirio entre la audacia y la picardía

Por Raúl Rivero

La Habana – El periodismo alternativo cubano –un ejercicio de audacia que ya cumplió cinco años– llega al 2000 acosado por los mismos peligros que le acompañaron en sus inicios, y en el trance de alcanzar mayor plenitud profesional o disolverse con muchas penas y olvidos.

La atmósfera de arrestos, cortes telefónicos, exilio y condenas a prisión, ha sido el ámbito natural en el que se ha desarrollado el grupo de comunicadores que funciona aquí fuera del control estricto del Estado. En la ilegalidad, a tenor de las leyes locales y en una marginalidad brutal y extravagante que diseñan la policía política y los ideólogos, se ha ido conquistando un espacio mucho más allá del archipiélago.

Raúl Rivero

Pero sucede que la audacia tiene un raro parentesco con la improvisación. La picardía, en estos rumbos, suele ser propicia al concubinato con la urgencia y esos dos elementos: la improvisación y la picardía, comienzan a dejar su huella en el movimiento de periodismo libre.

El acomodamiento, la malicia y la herencia teatral de la dictadura del proletariado en materia laboral, hace también su aporte a una especie de estancamiento, un freno que impide el desarrollo coherente y lógico de los comunicadores en el plano individual.

Cuando comenzaron a fundarse estos grupos –hacia 1995– la mayoría de quienes los integraron venían de los medios oficiales de prensa. Eran personas con nociones de periodismo, aunque hubieran estado al servicio del sistema de propaganda que el gobierno ha puesto en lugar de la verdadera profesión. Tenían dominio de la técnica de redacción, sólo necesitaban despojarse del virus político y encontrar el equilibrio, la serenidad y la responsabilidad que requiere el periodismo verdadero.

Los primeros que llegaron a los pequeños grupos (agencias se les llama en una desbordante manifestación de optimismo y fantasía), que procedían de otros sectores de la sociedad como economistas, médicos, profesores o estudiantes, recibieron poco a poco la ayuda de los más experimentados, y esa labor de superación individual pudo mostrar a esas mínimas células en un proceso de crecimiento, pero que conservaba rigor y dominio del oficio.

Hace unos días, un hombre que venía de otra esfera y es hoy uno de los destacados periodistas independientes de Cuba, me contó que el día que vio publicado su primer trabajo en un medio de prensa en el exterior no corrió a un bar a celebrarlo con unos amigos. No. Se metió en una venta de libros viejos y compró un manual de periodismo, escrito por un mexicano de extirpe marxista, pero impecable técnicamente, y fue para su casa aterrorizado a estudiar porque, dijo, "supe enseguida la responsabilidad que se me echaba encima".

Hay, desde luego, otros muchos casos con experiencias similares a las que acabo de narrar. Voy, sin embargo, a dar algunas cifras para que se pueda comprender mejor el fenómeno y justificar mi alarma ante la masificación a ciegas, para satisfacer agendas ajenas al periodismo o por puro homenaje a nuestros ancestros españoles reflejados en la novela picaresca.

En el año 1995 funcionaban cuatro agencias y unos 15 informadores. La nueva centuria se inaugura con unas 20 agrupaciones y más de un centenar de periodistas en sus, por cierto, desvencijadas nóminas.

Los factores que promueven este inusitado entusiasmo por una profesión tan solitaria y peligrosa son los intereses políticos de algunas personas que viven fuera de Cuba y la obsesión de muchos de nuestros compatriotas por dar una solución individual –visa mediante– a las tribulaciones de una sociedad enferma.

Muy fácil. La presión de la policía, la represión permanente y el eco que ya tienen los informes y artículos en medios del exterior –prensa plana, Internet, emisoras de radio– contribuyen a conformar un expediente de refugiado político y, poco después, llega la salida del país.

Creo que todo el mundo tiene derecho a salir del país (también a regresar), sobre todo si está sujeto a persecución, sólo que no me parece muy honesto utilizar una profesión que tiene ahora mismo a cuatro hombres en prisión y unos 40 en el exilio por urgencias reales, para conseguir el visado. Es, a mi modo de ver, una forma de desprestigiar el periodismo y de envilecimiento súbito.

Los hombres y mujeres que tratan de hacer un trabajo serio, honesto, limpio, sobre las ruinas y los escombros de la libertad de prensa en Cuba, son los que ahora buscan libros de texto, contacto con centros docentes, preparan en medio de penurias seminarios, charlas, encuentros con periodistas de paso y, al mismo tiempo, utilizan un lenguaje sobrio, sin estridencias ni insultos que les permita seguir trabajando en el mínimo espacio que se ha conquistado.

El desafío de la superación individual no es sólo en el caso de los periodistas alternativos, un llamado a la vanidad. Es un reclamo que tiene que ver con su posición en la sociedad y con el complejo entorno en que viven. No hay que olvidar que en Cuba no se puede comprar en un quiosco ni un solo periódico extranjero, no hay acceso a revistas, no se puede tener Internet, no se ha descubierto el correo electrónico y la práctica normal de periodistas de otros mundos de realizar una pasantía en un medio importante y asistir a un curso en una universidad, está vedada para los periodistas independientes.

Para salir ilesos de las acechanzas técnicas y policiales, los comunicadores cubanos tienen que acudir al respeto por la profesión y a sus conciencias y preparar apasionadamente el instrumental de trabajo para describir y analizar la sociedad desapasionadamente.

Nota:

La ley 88, conocida en el momento de su promulgación, marzo de 1999, como Ley Mordaza, creó un clima de miedo e incertidumbre. Diseñada especialmente para el periodismo independiente, con metástasis en la oposición pacífica, un comunicador puede ir a prisión hasta 20 años por colaborar con un medio de prensa extranjero. Sus vericuetos legales son muy generales, lo que se considera aquí un margen de las autoridades para flexibilizar y extender su aplicación. Hasta el momento de su puesta en vigor, los periodistas eran juzgados por el no menos cavernícola código penal. Los cuatro periodistas independientes actualmente en prisión fueron condenados por ese código. Tres por desacato a la figura del Presidente Fidel Castro y uno por peligrosidad. Hasta el momento no se le ha aplicado la Ley Mordaza a nadie, aunque permanentemente se amenaza con ella. En el tiempo en que se promulgó muchos periodistas aceleraron sus trámites migratorios y algunos abandonaron sus tareas.


Raúl Rivero, periodista cubano, radicado en la isla. Es presidente de la agencia independiente Cuba Press.

 

 

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000