En Colombia
El
periodismo, oficio de kamikazes
Por Oscar Domínguez G.
El reciente asesinato
del periodista y humorista Jaime Garzón, a pocos metros
de sus oficinas de Radionet, ratifica una vez más el
rótulo de profesión peligro que ha adquirido esta
actividad.
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El
asesinato del periodista y humorista Jaime Garzón
conmovió a toda Colombia.
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Ver además:
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El crimen de Garzón
coincidió con los diez años del asesinato de otro
periodista, Luis Carlos Galán, asesinado cuando buscaba
con las mejores posibilidades la presidencia de Colombia.
Uno de los primeros
periodistas asesinados en esta guerra de nunca acabar, don Guillermo
Cano, el valeroso e íntegro director del diario El
Espectador que fustigó a las mafias del narcotráfico,
hizo célebre la frase de que el periodista sabe cuándo
sale de su casa... pero nunca sabe si regresará.
"No disparen:
soy periodista", es la leyenda que llevan pintadas algunas
camisetas que portan los hombres de prensa en algunos sitios.
Hay algo de humor negro en este fúnebre letrero, pero
no hay duda de que se justa a la realidad.
Si bien el martirologio
de los periodistas que no desean callar sobre los males nacionales
no se detiene, lo peor de todo es que la impunidad sigue siendo
el común denominador en el 97 por ciento de los casos
de muertes de periodistas en una nación cuyos índices
de violencia ponen la carne de gallina.
Cómo será
la violencia que se ven obligados a reflejar los medios, que
los televidentes esperan ansiosos la llegada del primer corte
de comerciales para disfrutar de la no-violencia del deporte,
o de las noticias light de farándula o de modas.
Y en el caso de la prensa gráfica, los pocos sitios apacibles
que van quedando son los de los avisos clasificados donde existe
la certeza de que no habrá noticias sobre masacres.
Muchas veces, la
crónica roja que se ha apoderado de prensa, radio y televisión,
se refiere a los propios reporteros que van y vienen sin ninguna
protección y sin ningún seguro de vida facilitado
por sus empleadores, que al menos les permita a sus familiares
sobrevivir con alguna dignidad en caso de una desgracia. Un
proyecto que cursa impulsado por el Círculo de Periodistas
de Bogotá en el Congreso pretende llenar este y otros
vacíos en relación con la actividad de los reporteros,
comentó la presidenta del CPB, Gloria Tamayo de Echeverry.
La situación
es crítica pero no hay indicios de que empiece a haber
luz al final del túnel. Con una refinada irracional violencia
que viene de todas partes, más bien parece que tiende
a empeorar.
Se ha dado el caso
del periodista Ignacio Gómez, director de la Fundación
para la Libertad de Prensa, que prefirió optar por la
soltería para ahorrarle a sus posibles hijos la condición
de huérfanos. Gómez, quien ha tenido que abandonar
el país por amenazas derivadas de sus denuncias en El
Espectador, comentó a propósito del asesinato
de Jaime Garzón: "estamos comenzando una concientización
de que él no es el primero ni será el último".
Según Gómez,
"estamos en un momento muy especial que nos permite hacer
un trabajo más juicioso de vigilancia de la libertad
de expresión en Colombia y, sobre todo, tratar de restablecerla
porque hay que admitir que ese es un derecho consuetudinariamente
violado en nuestro medio".
Un destacado periodista
y escritor, Plinio Apuleyo Mendoza, quien defiende sus tesis
con firmeza, decidió permanecer en el país arriesgando
su vida, con el romántico encargo de serle fiel a la
profesión de sus sueños y de sus insomnios. A
Apuleyo Mendoza alguien le envió un paquete bomba que
hirió gravemente al empleado de una empresa transportadora.
No hay duda de que
en el fondo de esta violencia está el interés
de corruptos y de violentos por acallar voces y llevarles a
los sobrevivientes el mensaje de pueden correr igual suerte.
"El día que se acaba la libertad de opinar, se acaba
el país", resumió Román Medina, presidente
del Club de Prensa.
¿De dónde
vienen las balas? De todas partes, según otro comunicador
que ha engrosado la larga lista de los amenazados, Hernando
Corral, a quien este año se le adjudicó el Premio
"Simón Bolívar" a la vida y obra de
un periodista, uno de los máximos galardones que se otorgan
en Colombia. La suya puede parecer una respuesta fácil,
si se quiere, pero no hay otras más contundente para
ofrecer en el menú de opciones.
El asesinato del
periodista Jaime Garzón (39 años), por ser quién
era, ha puesto en marcha un mecanismo para impedir que la noticia
salga de la primera página de los diarios, lo que se
considera un primer paso para evitar la impunidad.
Adicionalmente, se
les quiere dar a los violentos de todos los pelambres el mensaje
de que atacar a un periodista es atacarlos a todos. La paternidad
responsable de esta iniciativa corresponde al mexicano Jesús
Blancornelas quien este año fue galardonado con el premio
Libertad de Prensa 1999, después de sobrevivir a atentados
contra su vida por atreverse a destapar ollas podridas en su
país.
Precisamente, los
reporteros en Colombia afrontan tal cantidad de peligros que
este año tuvo lugar en Bogotá la Jornada Mundial
de la Libertad de Prensa, organizada por la UNESCO y la Fundación
Guillermo Cano, bautizada así en memoria del sacrificado
director de El Espectador.
Los periodistas,
como el resto de colombianos, somos víctimas de una feroz
violencia fratricida. Como cualquier habitante de este país,
no queremos ser mártires ni héroes. Tenemos una
aspiración elemental: morir de viejos o de pulmonía,
pero no de "plomonía"; es decir, de una muerte
causada por balas prosaicas, disparadas por cualquiera de los
actores en conflicto.