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¿Cómo
falsificar un millón de firmas?
Por
Ricardo Uceda
El año comenzó
con reajustes en la Unidad de Investigación de El
Comercio. Lo de siempre: cómo lograr que los
trabajos de largo plazo no impidan la producción ligera.
Y viceversa. Luego de varias reuniones para considerar los
proyectos, la información almacenada, las fuentes y
las ideas, surgieron medidas prácticas que, supuestamente,
harían marchar al grupo como un reloj.
Hacia fines de
enero la nueva planificación iba viento en popa, hasta
que un joven que se negaba a revelar su nombre, llamó
al diario. Julia María Urrunaga, encargada de investigaciones
económicas, atendió el teléfono. Era
un electricista desempleado, ofreciendo información
sobre la propaganda urbana de Fujimori. Las paredes de Lima
habían sido monopolizadas por el lema oficialista "Perú
País con Futuro", difundido con recursos del Estado.
El informante, decía pertenecer a la red clandestina
de pintadores. Los había conocido hacía unos
meses –dijo, dando un dato al paso– durante la falsificación
de firmas para inscribir a uno de los movimientos que postularía
a Fujimori como candidato para un tercer período presidencial.
Urrunaga indagó
más sobre esto último, y Carlos Rodríguez,
el informante, mostró la pólvora: "El año
pasado más de 400 personas trabajamos diariamente 24
horas, en tres turnos, falsificando firmas para Fujimori",
explicó. No conocía la cifra exacta, pero un
cálculo rápido indicaba que, si la información
era correcta, se había adulterado más de un
millón de firmas. La ley exige a cada partido que acredite
600.000 adherentes para postular a un candidato.
Algo disparatado
había en el dato que sugería su veracidad. Cuando
Julia María me lo contó, le pedí una
reunión con la fuente. "Si lo que dice es cierto, vamos
a tener que meter a toda la unidad en este caso". Lo dije
sin entusiasmo porque nuestra planificación de enero
proponía lo contrario: un mayor espacio para el trabajo
individual.
Nos encontramos
con Rodríguez en un restaurante de Pueblo Libre, donde
comimos pollo a la brasa mientras tratábamos de estudiar
su personalidad. Su hablar entrecortado y su miedo evidente,
nos hizo inclinarnos a creer en sus palabras. Además
de Julia María y yo, en la reunión estuvieron
Miguel Ramírez, que cubre el área de seguridad,
y Enrique Flor, a cargo de asuntos políticos. Sólo
faltaba Javier Casas, el abogado del equipo, quien disfrutaba
de unas vacaciones en una playa del norte.
El trato con personas
que traen información prometedora es común en
un grupo de investigaciones, pero muy raramente estas fuentes
pasan de mano en mano o son entrevistadas por todos. En este
caso, sin embargo, la ocasión pedía varios olfatos
para decidir una acción rápida. Vistas las cosas
después, esta socialización resultó decisiva
para que Rodríguez se transformara pues su idea inicial
había sido darnos los datos para que nosotros los investigáramos,
y no volver más por el periódico.
Metodológicamente
el asunto era simple. Había que grabar su testimonio
e ir verificándolo punto por punto. Decía que
en un edificio de cuatro pisos en Bellavista, y con apoyo
logístico de Oscar Medelius (representante oficioso
del asesor presidencial Vladimiro Montesinos, para muchos
el hombre más poderoso del país) se había
falsificado la mayoría de las firmas de Perú
2000, el principal movimiento que postulaba a Fujimori. Rodríguez
desconocía a la mayoría de las personas reunidas
allí, pero recordaba la fisonomía y los seudónimos
de los coordinadores. Sobre todo tenía información
sobre la participación directa en el fraude de Luis
Navarrete, brazo derecho del brazo derecho de Fujimori: Absalón
Vásquez.
Durante un mes,
Rodríguez, de 23 años, caminó Lima de
arriba abajo con los periodistas de la unidad, reconociendo
locales, señalando personajes, y entablando conversaciones
–algunas de ellas grabadas– con sus antiguos compañeros.
En uno de estos
diálogos, un exfalsificador contestó con elocuencia
la llamada del informante.
—Hola. Soy Carlos
Rodríguez.
—¿Rodríguez?
—Claro, el de la
falsificación de firmas.
—Ah, hola.
—Oye, ¿no habrá
más trabajo?
—No, ¿para qué?
El movimiento ya está inscrito.
Fueron estos diálogos,
insospechables de simulación, los que terminaron de
convencer a los periodistas. Para entonces se habían
unido al grupo Santiago Pardo, de Canal N (la principal televisora
de noticias peruana, del consorcio de El
Comercio) y Pablo O’Brien, del semanario Somos,
también del grupo editorial. La alianza con Canal
N fue un avance estratégico pues, aparte de que
Pardo traía cámaras y micrófonos que
podían disimularse y transmitir desde 100 metros, la
difusión simultánea del informe por la televisión
iba a aumentar su impacto. En total, durante la etapa investigativa,
y considerando dos choferes y al camarógrafo-reportero
Willy Neyra, trabajaron 12 personas con dedicación
exclusiva. Rodríguez no comprendía por qué
tanta gente le daba vueltas a su versión. "Oiga usted.
¿Me creen o no?", me preguntó una noche.
Las indicaciones
del director del diario, Alejo Miró Quesada –que supervisó
diariamente la fase final de la investigación y aprobó
la última coma de las cinco páginas que ocuparía–
no pretendían un testimonio abierto, sino completamente
verificado. El 28 de febrero, un día antes de que el
informe apareciera, 15 periodistas tocaron las puertas de
igual número de supuestos falsificadores para preguntarles
si, efectivamente, habían participado en el fraude.
Todos, salvo uno, contestaron que no.
Para entonces Carlos
Rodríguez se hallaba en Costa Rica con sus hermanos
Marita y Denis, de 22 y 19 años. Marita había
participado en la falsificación por un tiempo y también
se animó a declararlo abiertamente, de modo que corría
tanto riesgo como su hermano. Para acompañarlos, el
abogado del periódico suspendió sus vacaciones,
regresó a Lima, se puso al tanto de las cosas en el
aeropuerto y partió de inmediato a San José.
Se fueron cuando
caía la tormenta; no sobre el vuelo, sino a sus espaldas.
Abastecida por
el gobierno, la prensa oficialista desató una aluvión
de ataques y supuestos desmentidos. Pero a cada refutación
correspondió una réplica imbatible, extraída
del arsenal de evidencias obtenidas durante la etapa de investigación.
Declaraciones, filmaciones, diálogos grabados y documentos,
eran mostrados a medida que la artillería fujimorista
se alejaba del tema mismo de la falsificación y se
concentraba en Carlos Rodríguez, cuya identidad había
sido revelada por la Fiscalía, y a quien se acusaba,
sin prueba alguna, de ser asesino, ladrón, homosexual
y drogadicto. La campaña estaba en su apogeo cuando
Erika Martínez Liñán, de 23 años,
egresada de Derecho, decidió contar abiertamente su
experiencia como falsificadora de firmas.
El caso dio un
vuelco. Los hermanos Rodríguez volvieron de Costa Rica
y declararon oficialmente en la Fiscalía. Fujimori
calló a su prensa adicta y desautorizó cualquier
maniobra judicial contra El
Comercio. Prominentes oficialistas renunciaron a sus
candidaturas al Congreso por su implicación con el
fraude. Sólo faltó, a decir verdad, que dimitiera
Absalón Vásquez (número uno en esa lista
de postulantes y presunta eminencia gris de las adulteraciones)
para que pudiera decirse que los principales sospechosos se
sometían a la investigación.
Pero eso no ocurrió,
como tampoco hubo una actitud imparcial del Ministerio Público,
controlado por Montesinos. Lo cual explica el estado actual
de las cosas: mientras la investigación periodística
halla nuevas vetas, la del Estado recurre a sus viejas maniobras.
La eterna Fiscal de la Nación, Blanca Nélida
Colán, acaba de declarar inverosímil la posibilidad
de falsificar un millón de firmas.
Ricardo
Uceda es jefe de la unidad de investigación
del diario El Comercio de Lima.
(11
de abril del 2000)
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