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La larga lucha después de la paz
Por Juan Luis Font

Hace 38 años que empezó la guerra en Guatemala y hace sólo dos que se firmó la paz. La mayor parte de los periodistas de este país hemos trabajado durante más tiempo con la certeza de la existencia de una fuerza insurgente que sin ella. Quienes no alcanzamos a cubrir los detalles de las campañas antisubversivas, que acabaron con aldeas enteras y desaparecieron cientos de personas en las ciudades, presenciamos la exhumación de cuerpos en cementerios clandestinos.

Durante la guerra hubo que cerrar estaciones de radio por las presiones del gobierno, pagar rescate a la guerrilla por la liberación de propietarios de matutinos, enterrar a reporteros asesinados y buscar a desaparecidos. Nada de eso ocurre ahora y, sin embargo, puede decirse que la firma del acuerdo de paz ha traído pocos cambios a las condiciones que se viven para ejercer el periodismo en este país.

La respuesta a la paradoja es sencilla. Aunque en términos formales la guerra concluyó el 29 de diciembre de 1996, la tensión en torno al conflicto se había relajado desde mucho antes. La firma del acuerdo representó un avance cualitativo para el país, supuso la apertura del sistema legal para cualquier expresión política, pero en lo que se refiere a la libertad de expresión, sólo vino a confirmar lo que ya era un hecho.

Hace años que la prensa dejó de recibir recomendaciones de los gobiernos militares pidiendo que no se nombre a los alzados en armas con los términos ‘guerrillero’ o ‘rebelde’ que podrían tener una connotación positiva. Hace años que no se obliga a un reportero a partir al exilio por la publicación de una nota. Las publicaciones en torno a corrupción, tráfico de drogas, participación de militares en negocios turbios y violaciones de derechos humanos, abundan en las páginas de los diarios guatemaltecos.

Claro que, las condiciones en las que se trabaja en Guatemala todavía están muy lejos de ser similares a las que viven los periodistas de otros países menos convulsos y han variado conforme el tiempo. Pero también es aventurado atribuir todos los hechos de violencia padecidos por reporteros y editores a ataques contra la prensa, como hizo recientemente la Asociación de Periodistas de Guatemala ante una comisión de la OEA.

Guatemala es un país de alta criminalidad y no es extraño que cinco periodistas en los últimos cuatro años hayan sufrido asaltos. De todos los incidentes ocurridos a periodistas, quizá sólo el ataque con granadas padecido por un reportero de la ciudad de Cobán, Alta Verapaz, pueda atribuirse a su cobertura del proceso que se sigue contra 25 miembros de una patrulla militar acusados de cometer la masacre de Xamán.

Con el tiempo, los ataques armados se han hecho menos frecuentes y han dado paso a otro tipo de presiones. Mensajes anónimos, llamadas amenazadoras o quizá el envío de una corona fúnebre cuando se tratan temas como la presunta participación de militares en el asesinato del obispo Juan Gerardi (ocurrido en abril de 1998), todavía se observan entre reporteros guatemaltecos.

Puede darse una explicación al hecho de que todavía se recurra a la violencia para amedrentar periodistas. Las características del tipo de procesos de paz que han tenido lugar en países como Guatemala o El Salvador, no suponen la liquidación total del poder que durante la guerra acumularon algunos sectores (verbigracia, ciertos grupos militares). Por eso, más de algún interesado aún echa mano de ese poder cuando le parece útil.

Pero las presiones más graves que sufren ahora los medios son las económicas.

Ahí está el caso de Crónica. Esta revista semanal, fundada once años atrás, agoniza. Convertida en la crítica más severa del gobierno de Alvaro Arzú (como lo fue del de Ramiro de León Carpio y del de Jorge Serrano), la publicidad contratada en sus páginas sufrió una reducción del 80 por ciento desde el segundo año de gestión del actual mandatario.

Crónica ha asegurado que Arzú mismo (el Presidente que suscribió la paz al cabo de un proceso llevado a cabo por cuatro administraciones distintas), ha pedido a empresarios simpatizantes con su gobierno que no le pague publicidad al semanario. El gobierno ha negado persistentemente los señalamientos y atribuye a las reglas del mercado la bancarrota de Crónica.

Pero lo cierto es que durante años Crónica mantuvo su solvencia y a pesar de haber denunciado tiempo atrás un intento de boicot publicitario por parte de miembros del Opus Dei en Guatemala, había logrado incrementar sus ganancias con cada ano de existencia.

En febrero pasado se hizo público que un vocero oficial distribuyó por escrito la orden tajante que prohibía a cualquier institución del Estado comprar espacio publicitario en la revista o aun suscribirse y pedía a los funcionarios que no se le concediera ninguna entrevista exclusiva a los periodistas que trabajaban en ese medio.

El semanario, que durante años fue rentable, apenas sobrevive, mientras sus socios negocian la venta de los activos.

¿Cómo puede explicarse esta aparente contradicción? ¿Cómo puede comprenderse que sea el propio gobierno que suscribe la paz con la guerrilla el primero en ser señalado de intentar la quiebra de un medio?

La respuesta quizá la tenga Mario Vargas Llosa. El escritor peruano dijo en la más reciente Asamblea de la SIP, en Montevideo, Uruguay, que muchos países latinoamericanos poseen irreprochables sistemas electorales, pero una democracia muy precaria. La debilidad del modelo se basa en que la cultura del país es autocrática. En Guatemala, el presidente Arzú la emprendido en público contra la prensa y ha llamado ‘fafero’ (vendido) al gremio entero en cadena nacional de radio y televisión. Arzú es un empresario convertido en político y tiene el apoyo del sector privado organizado.

No mucho tiempo atrás, otro Presidente impecablemente electo, sin duda el más esforzado impulsor de las negociaciones de paz con la guerrilla, intentó poner en práctica la fórmula de Alberto Fujimori y mandó a censurar a todos los medios de comunicación del país en tanto triunfaba su autogolpe de estado.

El mal del autoritarismo no parece ser exclusivo de Guatemala y Perú. Dirigentes de Argentina, Paraguay, Venezuela muestran los mismos rasgos. Existe ya un antecedente de desaparición de un telenoticiero por presiones gubernamentales. Esto se produjo con "Aquí El Mundo", diez años atrás, cuando el canal de televisión que le vendía el espació optó por no renovarle su contrato ante la mirada satisfecha del gobierno de Vinicio Cerezo. En aquella época, las condiciones políticas del país eran distintas. Cerezo, el primer mandatario civil tras cinco regímenes encabezados por militares, padeció dos asonadas. Durante uno de esos intentos de golpe, "Aquí El Mundo" lució como banderilla el pañuelo que identificaba a las tropas golpistas. Sin duda, aquellos eran otros tiempos.

Nadie piensa ahora en cuartelazos o acciones militares en Guatemala, pero aún son años de lucha los que la prensa tiene por delante.

 


(Juan Luis Font, director periodístico de elPeriódico, de Guatemala.)


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