La
tan temida injusticia
Por Eduardo Kimel
Hace casi diez años se publicó en Argentina
la primera edición del libro "La masacre de San Patricio".
Desde que los lectores pudieron leerlo me sentí orgulloso de
mi trabajo. Era mi forma de contribuir a la construcción de
la memoria colectiva, tratando de arrojar luz allá donde la
represión más cruenta y la confusión premeditada había pretendido
enterrar en el más infame de los silencios la muerte de los
cinco religiosos de la comunidad palotina.
 |
| Eduardo
Kimel |
El libro tenía, en ese sentido, un doble propósito:
investigar cómo sucedió el asesinato de los sacerdotes Alfredo
Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, y los seminaristas Salvador
Barbeito y Emilio Barletti, el 4 de julio de 1976, y demostrar
cómo el quíntuple homicidio se inscribió en el objetivo del
terrorismo de Estado de destruir todas las manifestaciones de
organización popular que habían caracterizado la etapa abierta
por la lucha contra la anterior dictadura militar hasta el golpe
militar del 24 de marzo.
Quizás fui ingenuo, pero cuando se publicó el
libro jamás pensé que pudiera generar una querella judicial.
Y menos que la misma proviniera del juez Guillermo Rivarola,
el mismo que tuvo a su cargo investigar el crimen durante la
dictadura. Un breve párrafo que le dediqué a evaluar la actuación
de Rivarola fue suficiente para que éste me iniciara en 1991
una causa por presuntas calumnias. El libro decía al respecto:
"El juez Rivarola realizó todos los trámites inherentes.
Acopió los partes policiales con las primeras informaciones,
solicitó y obtuvo las pericias forenses y las balísticas. Hizo
comparecer a una buena parte de las personas que podían aportar
datos para el esclarecimiento. Sin embargo, la lectura de las
fojas judiciales conduce a una primera pregunta: ¿Se quería
realmente llegar a una pista que condujera a los victimarios?
La actuación de los jueces durante la dictadura fue, en general,
condescendiente cuando no cómplice de la represión dictatorial.
En el caso de los palotinos, el juez Rivarola cumplió con la
mayoría de los requisitos formales de la investigación, aunque
resulta ostensible que una serie de elementos decisivos para
la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta. La
evidencia de que la orden del crimen había partido de la entraña
del poder militar paralizó la pesquisa, llevándola a un punto
muerto."
En octubre de 1995, la jueza Angela Braidot,
considerando que estaba acreditado el delito de injurias, me
condenó a un año de prisión en suspenso y a pagarle a Rivarola
una indemnización de $20,000 dólares. En noviembre de 1996,
la sala VI de la Cámara Nacional de Apelaciones, con el voto
unánime de sus tres integrantes, anuló el fallo anterior y me
absolvió.
En diciembre del año pasado, la Suprema Corte
de la Nación hizo lugar a un recurso presentado por Rivarola,
revocó el fallo anterior y lo devolvió a la Cámara para que
se dictara nueva sentencia. Así lo hizo la sala IV de la Cámara,
integrada por Alfredo Barbarosch y Carlos Gerome, quienes el
8 de abril, hallándome culpable esta vez del delito de calumnias,
confirmaron la pena impuesta por la jueza de primer instancia.
Desde ese momento un sentimiento de repudio
generalizado contra este fallo ha recorrido los más diversos
sectores de nuestra sociedad. La Unión de Trabajadores de Prensa
(UTPBA) y la Asociación Periodistas encabezaron una campaña
de denuncia tanto en el plano nacional como internacional. La
condena fue rechazada por la Asociación de Entidades Periodísticas
Argentinas (ADEPA) y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).
El 16 de abril, Santiago Cantón, relator para
la Libertad de Prensa de la OEA emitió un comunicado donde dice:
"Causa sorpresa a la Relatoría que termine siendo castigado
el periodista que realizó una investigación de ese horroroso
crimen, mientras que los autores del crimen, sus encubridores
y cómplices, siguen impunes."
En Ciudad del Cabo (Sudáfrica), 26 organizaciones
de periodistas y de derechos humanos suscribieron una declaración
en la que instan "a los integrantes del máximo tribunal
argentino a reconsiderar ambas sentencias y a dictar un fallo
justo".
He recibido también la solidaridad de numerosas
organizaciones de derechos humanos y de la comunidad palotina.
Varios legisladores nacionales y de la ciudad de Buenos Aires
se han interesado en el caso y promovieron en el ámbito parlamentario
mociones de rechazo, cuya consecuencia final es imposible determinar
en este momento.
No estoy solo. En este contexto, me siento acompañado
y apoyado. Cuando escribí el libro no quise provocar el revuelo
que ha generado esta insólita causa judicial.
Pero la acción de la justicia me ha obligado a defender
mi texto con todos los medios legales disponibles: comprobé
que pretenden silenciarme porque critiqué la actuación de la
justicia durante la dictadura militar. Y de manera corporativa,
una parte de la justicia, con argumentos que se contraponen
con la realidad objetiva, defiende a Rivarola, protegiéndose
por extensión de las críticas emitidas por el periodismo. Se
creen inmunes, como si sus decisiones no fueran actos de gobierno
sujetos al control y la crítica públicas. Ni siquiera han tomado
en cuenta que mi libro demuestra claramente que todas las afirmaciones
están sustentadas en la lectura y el análisis serios de la causa
judicial abierta por la muerte de los cinco palotinos.
Pero el efecto del castigo no termina en mi
persona. Al condenarme dan un mensaje a todo el periodismo:
"Publiquen lo que quieran, acá no hay censura previa. Pero
después los castigaremos con las querellas que inevitablemente
se iniciarán." Esta es una forma clara de limitación a
la libertad de expresión que no solo afecta al periodismo, sino
también a la población en general, pues le cercena su derecho
a ser informada.
Los jueces que me condenan no pueden demostrar
que lo que escribí no es cierto, porque el hecho objetivo es
que la investigación encabezada por Rivarola en los años 1976
y 1977 no logró ubicar a los asesinos. Y que los criminales
están en libertad entre nosotros. Del mismo modo, tampoco podrán
explicar porqué si entre 1976 y 1983 hubo miles de asesinatos,
secuestros y torturas cometidos por las Fuerzas Armadas, ninguno
de los criminales fue castigado en ese período.
Hemos presentado un recurso extraordinario ante
la Suprema Corte. Si se confirmara el fallo, llevaremos el caso
ante los organismos internacionales correspondientes para obtener
la justicia que se me niega en mi país. Quizás todas las manifestaciones
públicas contra esta arbitraria condena sirvan para torcer el
rumbo antes que sea necesario llegar a esas instancias.