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Al filo de la navaja
Por Alba Leal García
Junco de la Vega
Alejandro Junco de la Vega

En 1974, cuando Luis Echeverría era presidente de México, el periódico El Norte, de Monterrey reprobó abiertamente la expropiación de tierras decretada por el gobierno federal en el estado de Sonora. Esta actitud retadora provocó la reacción inmediata del Presidente, quien ordenó suspender la venta de papel a este diario matutino fundado en 1938. Fueron días difíciles en los que diariamente el periódico corría el riesgo de no salir a la mañana siguiente debido a la falta de materia prima, ya que el suministro de papel era controlado por el gobierno a través de la empresa paraestatal Productora e Importadora de Papel (Pipsa). Sin embargo, Alejandro Junco de la Vega, director general del periódico, decidió defender la libertad de expresión a cualquier precio.

Veinte años después, pero ahora en la Ciudad de México, Junco tomó nuevamente la bandera de la libertad de prensa para hacer valer su derecho de vender el periódico Reforma en las calles de la capital del país.

El conflicto con la Unión de Voceadores y Expendedores de Periódicos de México se hizo público el 2 de noviembre de 1994, cuando Reforma estaba a punto de cumplir un año en circulación. A partir de entonces se creó una polémica nacional en la que estuvieron involucrados los diputados federales y el Procurador General de la República. Lo que empezó como un problema local, se extendió a las ciudades de Acapulco y Puebla, y posteriormente a Saltillo y Monterrey, donde las uniones de voceadores locales decidieron boicotear la venta de El Norte por pertenecer a la misma casa editora.

Además de acudir a las instancias legales, Junco tuvo la osadía de salir a las calles a vender personalmente su periódico. Lo mismo hicieron el resto de los directivos, los reporteros, un grupo de colaboradores, algunos diputados federales y hasta artistas e intelectuales que hicieron suya la causa. Después de un mes de intensas presiones, finalmente Reforma pudo llegar a los clientes a través de sus propios canales de distribución los 365 días del año, sin estar sujeto a los asuetos decretados por la Unión de Voceadores, organización monopólica que hasta la fecha mantiene vetada la venta de este matutino en los puestos afiliados.

Hoy, lo que más preocupa a este periodista es el narcotráfico y la presión que puede ejercer en los medios de información a través de la violencia y la corrupción. Se han visto señales aisladas, como la agresión que sufrió David Vicenteño, reportero de El Norte y Reforma, quien el 25 de agosto de 1997 fue secuestrado, golpeado y amenazado para que cesara sus investigaciones sobre la desaparición de Jorge Francisco Palacios Hernández, agente de la policía judicial capitalina, quien presuntamente trabajaba también para Amado Carrillo, mejor conocido como "El Señor de los Cielos".

Unos cuantos días después, el 5 de septiembre, Daniel Lizárraga, también reportero de El Norte y Reforma, fue asaltado durante la madrugada después de entrevistar a miembros de la Procuraduría General de la República involucrados en el traslado de cocaína de Tapachula, Chiapas, al Distrito Federal. Sus captores lo retuvieron durante tres horas, mientras golpeaban para que revelara el resultado de sus averiguaciones.

Estas agresiones se suman a las que sufrieron periodistas de otros medios y que hasta ahora no han sido resueltas a pesar de que se formó una comisión especial, y a pesar de que el presidente Ernesto Zedillo prometió que su gobierno investigaría a fondo estos casos para proteger la integridad de quienes ejercen el derecho de informar a través de los medios de comunicación.

Estas experiencias definitivamente han marcado la trayectoria profesional de Junco de la Vega, quien a sus 50 años de edad es presidente y director general de cuatro periódicos: El Norte, de Monterrey; Reforma, de la Ciudad de México; Palabra, de Saltillo, y Mural, de Guadalajara.

Pulso: De cuando se incorporó al periodismo profesionalmente hasta hoy, ¿qué cambios ha notado en la libertad de expresión en México?

Alejandro Junco de la Vega: Yo diría que hay algunos cambios estructurales importantes y algunas actitudes culturales que todavía permanecen, que parece que son más difíciles de librar. Entre los cambios estructurales, lo primero es la libre adquisición de materia prima, en nuestro caso el papel. Es un cambio fundamental que se dio a principios de los 90. Esto para mí fue el disparador que nos hizo lanzar el proyecto del periódico Reforma en la ciudad de México. Anteriormente, por las últimas seis décadas, habíamos estado adquiriendo la materia prima de una empresa gubernamental, y esto no dejaba de ser un chilling factor. Quienes escribían los encabezados sabían que estaban sujetos a una cuota de materia prima, y que quienes la otorgaban estaban leyendo los encabezados. Esto condicionó al periodismo de nuestro país por muchos años y, afortunadamente, ya pasó.

Curiosamente todavía existen muchas actitudes culturales que limitan el ejercicio de la libertad de prensa. A mí me llama la atención, por ejemplo, ver cómo la prensa norteamericana ha tratado casos sonados como el Clinton-Lewinsky, mientras que en nuestro país, cuando un escritor tiene la osadía de contar un chiste del presidente Zedillo, los grupos de interés –muchos de ellos de la iniciativa privada, inclusive– reaccionan y se juntan para ver cómo castigar a un medio de comunicación que osó cruzar ese umbral de criticar con humor a un presidente. Esta cultura de tener un presidente intocable es algo que tiene muchas décadas de existir en nuestro país y seguramente irá cambiando. Yo espero que así sea porque la crítica, la ironía, el humor, el sarcasmo, son herramientas de comunicación válidas, y yo no creo que un presidente deba estar al margen de este tipo de crítica.

P.: ¿Siente que se ha ido suavizando la reacción a esos ataques a base de humor?

A.J.V.: Pues sí ha ido corriéndose la cerca gradualmente, pero yo estoy sorprendido de la lentitud. Culturalmente aceptamos un cambio acelerado en apertura de fronteras, una nueva era de Tratado de Libre Comercio, de eliminar aranceles. Queremos aceptar o adoptar estándares internacionales en muchos frentes, pero en el mundo del periodismo y de la crítica periodística todavía tenemos muchas reservas.

P.: ¿En el caso particular de sus periódicos, han sentido algún tipo de represión?

A.J.V.: Ciertamente en menor grado que a lo que estábamos acostumbrados. No deja de ser preocupante que cuando el periódico cumple una responsabilidad, como lo fue publicar una carta que se le había dirigido al candidato a presidente asesinado Luis Donaldo Colosio, por parte de su jefe de campaña, que ahora es el presidente (Ernesto Zedillo), el Presidente nos acuse de ser faltos de ética y de entrometernos en su vida privada. Con esto echó a andar un proceso para convertir a nuestro medio en un perro del mal. Esta crítica hecha al periódico Reforma, llevada al terreno internacional y a estándares internacionales, sería totalmente absurda. Imagínese que al asesinado presidente John Kennedy le hubieran enviado una carta advirtiéndole de riesgos que estaba tomando y que esta carta no fuera sujeta de publicación. No sería entendible.

P.: ¿Ese tipo de reacción por parte del gobierno se limita a un reproche?

A.J.V.: Así es. Fuera de esos reproches hemos podido ejercer nuestra actividad sin ningún problema.

P.: Cuando iniciaron Reforma en la ciudad de México se enfrentaron a un periodismo que no se hacía en Monterrey. ¿Cuáles fueron los retos que tuvieron que vencer para incursionar en ese medio, sobre todo en cuanto a ética y manejo de la noticia?

A.J.V.: De arranque, yo diría que el problema fue ofrecer un nuevo modelo que se alejara de las prácticas existentes. En el mercado de la capital había una polaridad: los periodistas o eran misioneros o eran mercenarios. El periodista misionero se caracteriza por trabajar en un medio con tal de poder influir en alguna ideología, filosofía o partido político. Muchas veces estas personas están dispuestas a no recibir condiciones de trabajo profesionales, estándares adecuados, con tal de que se les permita llevar adelante su tesis personal, su ideología, su forma de pensar. En el otro extremo está el periodista mercenario, cuyo motor principal es el tema económico. Derivado de ese interés, surge la corrupción. El paradigma nuestro se ubica en medio de esos dos polos opuestos. Tenemos mucha claridad de que el público lector nos paga por ser buenos profesionales y por no anteponer nuestros intereses personales a los de nuestra clientela, que es el lector. Trabajamos duro para establecer ese modelo y mantenerlo. Queremos ser facilitadores del proceso de la información.

P.: ¿Siente que de alguna forma ustedes impulsaron cambios en la forma de hacer periodismo en la Ciudad de México?

A.J.V.: Yo diría que ha habido algunos cambios visibles, aunque otros están más opacados. Uno que a mi juicio es muy importante y que es también un parteaguas en la historia periodística del país, es que, con nuestro modelo de periodismo pudimos afectar no sólo la parte periodística, sino también la parte industrial. En este caso me refiero al canal de distribución, que en la ciudad de México había sido un monopolio durante muchas décadas. Logramos nosotros, con una actitud de independencia y de libertad, establecer nuestro propio canal de distribución basado en una premisa que para nosotros es fundamental: que el ejercicio de la libertad de prensa incluye la libre circulación de nuestras publicaciones. Los obstáculos que pretendió imponer la Unión de Voceadores eran en el fondo ataques al libre ejercicio del periodismo. Haber sido impulsores de ese cambio es algo que a largo plazo va a ser fundamental en el desarrollo de la prensa escrita en nuestro país.

P.: ¿Ya no tienen problemas para vender su periódico?

A.J.V.: Actualmente no tenemos problemas de violencia, pero sí de discriminación, porque en los kioscos (puntos de venta) que están en la vía pública se pueden adquirir todos los periódicos, menos Reforma. Todavía Reforma es discriminado por la Unión de Voceadores; sin embargo, nosotros podemos vender nuestro producto y lo hacemos.

P.: ¿En Guadalajara vivieron algo similar?

A.J.V.: Guadalajara es un caso diferente. Ahí lo que hemos visto es que la Unión de Voceadores tiene varios grupos independientes entre sí y hemos podido trabajar con la mayoría de ellos. Sí se han dado incidentes curiosos, como lo han sido ataques a repartidores nuestros, a quienes les han robado las motocicletas y los periódicos que se aprestaban a distribuir. Nos llama la atención que el robo sea de la moto con todo y el periódico.

P.: ¿Qué cambios ha habido en cuanto a la actitud de los funcionarios y de los representantes de la iniciativa privada hacia Reforma y Mural?

A.J.V.: Pensamos que una forma muy típica de trabajar en el Distrito Federal consiste en que las fuentes, de manera organizada, dan información simultáneamente a muchos periodistas y se hacen esos famosos pools. Para nosotros la información más valiosa viene por la vía informal y como resultado del trabajo dedicado de periodistas que andan por su cuenta haciendo su propio esfuerzo con sus propias líneas de trabajo y de investigación. Creo que ese periodismo de pools que dominó el mercado de México durante mucho tiempo cada vez es menos importante.

P.: Cuando Carlos Salinas de Gortari era presidente se firmó una declaración de la libertad de expresión. En ese entonces usted era presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa. Yo recuerdo que casualmente en ese sexenio fue cuando hubo más periodistas muertos. ¿Usted realmente notó algún cambio en cuanto a apertura del gobierno en lo referente al manejo de la información?

A.J.V.: El tema de la violencia y del periodismo en nuestro país es un muy complejo por el creciente problema de la droga, que ha hecho que este tema rara vez sea puro, nunca fácil de explicar y siempre imposible de comprobar. Aunado a este problema también está el polichambismo (múltiples trabajos) de muchos de los periodistas asesinados. Por eso siempre ha sido difícil establecer si el asesinato fue en virtud del trabajo periodístico o de algún problema relacionado con alguno de los otros trabajos. Ha habido varios asesinatos en los que inicialmente se temió que el móvil fuera periodístico, pero al momento de analizarlos resultó que había problemas de deudas no pagadas.

P.: En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari también se dieron movimientos al interior de los medios por presión del gobierno.

A.J.V.: Sí fue un problema durante el régimen del presidente Salinas. Él tenía una influencia muy grande en la asignación de puestos dentro de los medios de comunicación. Creo que esto ha ido disminuyendo, pero no hay dudas de que se cometieron muchas injusticias por intromisión gubernamental.

P.: ¿Es más fácil que se ejerza este tipo de presión en los medios electrónicos que en la prensa escrita?

A.J.V.: Hay una diferencia estructural fundamental entre la prensa escrita y los medios que requieren de una concesión federal, como es el caso de la radio y la televisión. Afortunadamente en la prensa escrita no necesitamos ninguna concesión para ejercer nuestro trabajo, ni tampoco tenemos vencimientos en el otorgamiento de concesión alguna. Los medios electrónicos tienen el problema, primero, de obtener la concesión, y segundo de renovarla. Esto hace que el periodismo electrónico sea mucho más cauteloso que la prensa escrita.

P.: ¿Cuáles considera que son los principales problemas del periodismo actual?

A.J.V.: Yo diría que la superficialidad ciertamente es uno de ellos. Con mucha frecuencia nos vamos sobre el síntoma de la enfermedad y no sobre la enfermedad misma. Esto conlleva un riesgo muy importante: que los periódicos nos volvamos irrelevantes. Tenemos el reto entre nosotros de entender no solamente los síntomas de la problemática, sino la problemática misma. Aunado a eso, el gobierno es experto en distraernos con temas de mucha aparatosidad, pero de poca importancia real. Entonces el periodista tiene que discernir qué es lo relevante y qué es sólo humo. Otro tema básico es también el problema de la droga, porque hay grupos de interés vinculados con el narcotráfico que ven en la prensa a un enemigo. Ahorita estamos al filo de la navaja. Si lo permitimos, los intereses del narcotráfico penetrarán en el proceso de la información en nuestro país.

P.: ¿Cuándo empezaron a notar ustedes este problema de narcotráfico-información-corrupción?

A.J.V.: Yo creo que es un problema que se ha recrudecido en los últimos 10 años.

P.: ¿Qué es lo que pueden hacer ustedes para que no se dé esta contaminación de la información?

A.J.V.: Tener mucha claridad de que nosotros no colaboramos ni formamos parte de estos grupos. Por principio nos oponemos al tráfico de drogas y nunca formaremos parte de sus beneficios ni los aceptaremos. Las reglas están claras.

P.: ¿Cómo está su relación con la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP)? ¿Sigue asistiendo a las reuniones?

A.J.V.: Realmente he dejado de asistir a las reuniones. Estoy desencantado porque en la SIP se ha vuelto más importante la política interna que la lucha a favor de la libertad de expresión. Seguimos siendo miembros, pero no estamos participando activamente.

P.: Como director, ¿cuáles considera que han sido los momentos más difíciles que ha tenido que enfrentar para defender la libertad de prensa de El Norte, Reforma, Palabra y Mural?

A.J.V.: Han sido varios a lo largo de la historia. Durante el sexenio de Luis Echeverría, en septiembre de 1974, estuvimos a punto de dejar de publicar porque el gobierno nos había retirado la cuota de papel. Ese fue un momento difícil en el que tuvimos que elegir entre cambiar nuestra política editorial o disminuir el consumo de papel a tal grado que nos impactara en la venta de publicidad, la venta de ejemplares, el tamaño del periódico. Tomamos la decisión de no cambiar nuestra política editorial y esperar a que el relevo político en el país solucionara el diferendo que teníamos con el presidente Luis Echeverría. Era un diferendo por su política de expropiación de tierras en Sonora durante su régimen. Luego en 1981, cuando López Portillo y la nacionalización bancaria, tuvimos unos momentos difíciles de violencia física empleada en contra de periodistas de nuestras empresas. En 1994 el problema con la Unión de Voceadores. Han sido momentos decisivos que afortunadamente hemos podido sobrevivir.

P.: De cuando usted empezó en el periodismo, a la fecha, ¿considera que hay más periódicos comprometidos con el manejo ético de la información?

A.J.V.: Yo creo que sí. Me da gusto que algunos colegas me dicen abiertamente que han copiado ideas, conceptos y prácticas de nuestro modelo de periodismo y que actualmente forma parte de su propia estrategia. Un caso es El Imparcial, de Hermosillo, que lanzó un programa educativo a la usanza nuestra. Hay otros casos de buen periodismo, como AM, de León, donde los anima un espíritu profesional muy similar al que nosotros tenemos.

P.: ¿Y en el Distrito Federal han tenido alguna influencia?

A.J.V.: Yo no veo que en el Distrito Federal tengamos todavía ese reconocimiento, pero los cambios se gestan lentamente, y el periódico Reforma apenas tiene unos cuantos años de haber entrado al mercado. A largo plazo creo que sí vamos a impactar.

P.: ¿Tiene algo más que agregar?

A.J.V.: Yo diría que con el tema de la democratización del país, la función del periodismo va a ser central. Necesitamos como sociedad encontrar elementos comunes que nos unan para tener mejores posibilidad de éxito en la democratización. Y qué mejor que esa comunalidad se dé en el mundo de la información. Que tengamos quizás diferencias en cómo implementar una solución al problema, pero que tengamos claridad sobre cuál es el problema. Y esto se logra con buen periodismo, con buena información.

 



Alba Leal García. Periodista independiente y corresponsal de la revista mexicana de negocios Expansión. Además, ofrece asesoría en temas de comunicación.

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000