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La libertad de prensa: diez años más tarde...

Por Timothy Balding,
Director General,
Asociación Mundial de Periódicos (WAN)

Hace diez años, el 3 de mayo de 1991, se reunió un grupo de editores y periodistas africanos en una conferencia de la ONU/UNESCO en Namibia para redactar un manifiesto en donde se proclamaba la necesidad de una prensa independiente, pluralista y libre como componente esencial en todo proceso de desarrollo democrático y económico. En este manifiesto, conocido como la Declaración de Windhoek, se lanzó un pedido a la comunidad internacional para que se declarara ilegal la censura, considerándola como un atentado grave contra los derechos humanos, y se incitó a los Estados a que garantizaran constitucionalmente la libertad de prensa.

El pedido no fue ignorado, al menos no por los organismos intergubernamentales. Unos meses más tarde, la Conferencia General de la UNESCO aprobó la Declaración, y poco tiempo después se instauró formalmente el 3 de mayo como Día Mundial de la Libertad de Prensa en la Asamblea General de la ONU.

El 3 de mayo de 2001, los medios informativos a través del mundo entero celebrarán la décima edición del Día Mundial de la Libertad de Prensa. ¿En qué medida se han hecho realidad en la última década las aspiraciones de asentar esta libertad, tanto en África como en otras partes del globo?

El desmembramiento del ex bloque soviético y la emergencia de muchas nuevas democracias a principios de los años 90 le dieron a la libertad de prensa un ímpetu y un potencial significativos en todo el mundo: según un instituto americano de observación de los derechos humanos, Freedom House, el número de países en donde la prensa es al menos “parcialmente libre” ha aumentado en dos tercios durante la última década. Es en Europa del Este en donde los medios informativos se apoderaron con particular entusiasmo de las nuevas libertades, convirtiéndose en ciertos países, como Polonia, la República Checa y Hungría, en un contrapeso fuerte y variado a la autoridad y a los abusos de poder. Los medios libres e independientes juegan una papel muy importante en la transparencia política, la reclamación de responsabilidades, la lucha contra la corrupción y la creación de una economía sólida y estable: no puede ser coincidencia que en las nuevas democracias en donde se estableció prácticamente desde el inicio una prensa libre y viable es también donde se ha producido más rápidamente la transición hacia una economía de mercado.

La libertad de prensa progresó considerablemente en la década de los 90. En Sudáfrica, por ejemplo, el fin del apartheid y las elecciones democráticas en 1994 llevaron a la abolición de todo vestigio de control y censura. En Indonesia y Nigeria, los nuevos gobiernos civiles en 1999 instauraron simultáneamente la democracia y la libertad de prensa, lo cual dio lugar a una proliferación de nuevas publicaciones. También emergió una prensa diversificada y relativamente dinámica con las nuevas monarquías constitucionales en Tailandia y Nepal durante la década de los 90, y las elecciones democráticas en Benin, Tanzania y Ghana produjeron resultados similares.

Pero en los años 90 se comprobó, si aún fuera necesario comprobarlo, que la instauración “formal” de la democracia no garantiza en absoluto la existencia de una prensa fuerte y realmente libre, algo mucho más arduo y complejo de lo que se suponía.

En muchas partes del ex bloque soviético, incluida la propia Rusia, las cinco repúblicas de Asia Central, Ucrania, Bielorrusia y Azerbaiján, la prensa libre sigue aún luchando hoy en día por sobrevivir ante las tentativas manifiestas o disimuladas de controlarla. Al mismo tiempo, la viabilidad económica de la prensa, y por consiguiente su independencia, sigue planteando un serio problema, que incluye un desarrollo insuficiente del mercado, infraestructuras de producción y distribución limitadas o controladas por el gobierno, y una escasez drástica de gerentes profesionales y debidamente capacitados.

Una carencia “lamentable” de ayuda para el desarrollo de la prensa

Los autores de la Declaración de Windhoek comprendieron perfectamente que el desarrollo de una prensa libre se vería perjudicado tanto por la perpetuación de condiciones económicas sumamente desfavorables como por la falta de democracia y de protección legal de la que padecen los medios libres.

Aunque podamos constatar actualmente un progreso palpable pero aún insuficiente en cuanto a las condiciones “políticas” que favorecen la libertad de prensa, tanto en África como en otras regiones y gracias a Windhoek y a otras iniciativas similares, seguimos observando los mismos problemas económicos crónicos identificados explícitamente hace diez años.

Tanto en el ex bloque soviético como en África, la comunidad internacional ha fracasado lamentablemente en su objetivo de brindar una ayuda eficaz para la creación de una prensa fuerte e independiente, un factor indispensable para encarar cualquier proceso duradero de progreso y estabilidad políticos y sociales. La financiación de proyectos destinados al fomento de la prensa independiente ha sido poco más que anecdótica desde que la prensa y sus organizaciones internacionales, tales como la Asociación Mundial de Periódicos, invocaron el Plan Marshall hace una década.

Reiteramos que mientras que las condiciones políticas favorables a la libertad de prensa han mejorado considerablemente en muchos países, se han creado a menudo mecanismos de represión, persecución y acoso más sutiles. Dado que resulta cada vez más intolerable que un estado que aspira al reconocimiento y a la aceptación en el plano internacional cometa atentados contra el derecho a la libertad de expresión y contra otros derechos humanos, muchos gobiernos con tendencias autocráticas han transferido el ejercicio de la represión a manos de instancias jurídicas cómplices y controladas, imprimiendo así un carácter “legal” a dichas violaciones.

Al mismo tiempo, la violencia ejercida contra los empleados de los medios informativos y contra sus publicaciones y compañías ha aumentado vertiginosamente en la última década. La caída de los estados totalitarios ha ocasionado numerosos conflictos civiles en donde los periodistas se han hallado en la línea de fuego (la guerra civil en Tajikistán en 1993, por ejemplo, les costó la vida a más de 50 empleados de medios informativos); los reporteros han sido frecuentemente víctimas de conflictos religiosos (fueron asesinados en Argelia 57 hombres y mujeres de la prensa durante los años de mayor violencia integrista); con el aumento del periodismo de investigación y de denuncia, los grupos de mafiosos, narcotraficantes y otros delincuentes se han “encargado” de silenciar a los periodistas curiosos, a menudo con la connivencia de las autoridades políticas, policiales o judiciales (fueron más de 200 los reporteros asesinados en las democracias latinoamericanas desde 1990, de los cuales 100 murieron en Colombia, Guatemala y México).

Una región que ha permanecido prácticamente hermética a los progresos de la libertad de prensa y de la democracia en los últimos diez años es el Medio Oriente; no hay un solo líder árabe que haya asumido el poder mediante elecciones libres y limpias. Los grandes poderes gubernamentales árabes se han mantenido en una postura tenaz y obsoleta de dominación más o menos total sobre la información que consideran o no apta para la población. Desde Túnez hasta Irak, pasando por Siria, Libia y Arabia Saudita, es raro, por no decir imposible, encontrar un periodismo libre . Pero la esperanza no se pierde, particularmente con el recurso de los medios teledifundidos. La estación de televisión por satélite Al Jazeera, por ejemplo, localizada en Qatar, está conmocionando al mundo árabe con sus debates y noticias singularmente directos y libres de censura.

El impacto del Internet

Es imposible hablar de la libertad de prensa en los años 90 sin celebrar los avances y las nuevas oportunidades que representa la emergencia del Internet. A pesar de la vigilancia y el control, ha surgido una corriente de información en países como Birmania, China, Corea del Norte, Cuba, Irak, Libia, Sudán, Siria y Vietnam, donde la prensa se halla totalmente amordazada, y sólo se puede esperar que los proveedores de información se vuelvan cada vez más duchos en el arte de burlar a las autoridades.

Mientras tanto, muchos de los disidentes están pagando un precio muy alto por sus iniciativas. En China, por ejemplo, donde el régimen parecía haber logrado erradicar definitivamente la posibilidad de presentar cuestiones políticas y polémicas sin censura en la prensa, el Internet ha permitido el surgimiento de voces detractoras más difíciles de callar. Sin embargo, aquéllos valientes que esperaban que las autoridades chinas tolerarían más esta forma moderna de comunicación o pensaban poder escaparle a la vigilancia ubicua de la policía de la información, han sido condenados a penas severas de prisión.

Pero pocos gobiernos ignoran la necesidad, en aras del progreso económico, de desarrollar las infraestructuras del Internet y los periodistas en algunos de los regímenes autocráticos tanto en Medio Oriente como en el sudeste asiático en particular han logrado eludir los controles tradicionales y colocar artículos prohibidos en el Web.

¿Qué puede ocurrir o se puede esperar entonces en el transcurso de la próxima década? La opinión internacional, quizás por vez primera, está claramente alzada contra aquellos gobiernos que siguen infringiendo el derecho a la libertad de información. Pero esto no se ha plasmado aún en una determinación y un compromiso concretos de provocar cambios de fondo mediante la creación de programas de ayuda extranjera para el desarrollo de una prensa libre, ni de excluir a las naciones infractoras de la comunidad de los países respetables con los que se pueden tener trato. Es necesario progresar en ambas frentes en los próximos diez años. En la medida en que muchos países democráticos e industrializados sigan ayudando a las naciones menos afortunadas, ya sea por auténtica filantropía o por intereses económicos, políticos y militares, en su camino hacia la conquista de la democracia, de los derechos humanos y de una situación económica y social mejor, es necesario hacer hincapié en la emergencia de medios libres e independientes como requisito previo para cualquier cambio duradero de tipo económico, político y social.

Al mismo tiempo, nunca han sido tan propicias las condiciones para insistir en que los grandes eventos internacionales – como los Juegos Olímpicos – no se celebren sino en países donde los derechos humanos, incluidas la libertad de expresión y de información, sean respetados. El mayor acontecimiento deportivo de la humanidad ha tenido lugar en estados totalitarios sólo dos veces en la historia moderna: en Berlín en 1936 y en Moscú en 1980. Mientras que los mejores atletas del mundo, hombres y mujeres, se preparan para recoger laureles en los Juegos Olímpicos de 2008 y en otros posteriores, ¿es aceptable que la comunidad internacional siga tolerando que prácticamente al lado de estos triunfadores haya otros hombres y mujeres encerrados en prisiones y centros de detención, aislados del mundo, sólo por haber cometido el “delito” de ejercer el derecho fundamental de expresar sus opiniones y difundir información libremente?

Pensamos que no.


La Asociación Mundial de Periódicos fue fundada en 1948 y está basada en París. Agrupa a 66 asociaciones nacionales de periódicos y representa a más de 17.000 publicaciones en cinco continentes.


(1ero de mayo del 2001)

Enlaces a sitios relacionados a esta historia.

Asociación Mundial de Periódicos

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI