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La ira de un juez
Por Sonia Cano

En cuestión de horas, el ministro de la Corte Suprema, Servando Jordán, leyó “El libro negro de la justicia chilena” (de 349 páginas) donde aparece mencionado. Ofendido, redactó un recurso, lo presentó en la Corte de Apelaciones y ésta en tiempo récord, designó un ministro que resolvió la incautación inmediata de la publicación.

“... y es por eso que yo –que no soy distinta ni mejor que muchos colegas que enfrentan día a día a la espada de la Ley de Seguridad del Estado- me encuentro en una ciudad extraña escribiéndoles esta carta.”. Efectivamente,  la periodista Alejandra  Matus, autora del “Libro negro de la justicia chilena” había llegado hacía pocas horas a Buenos Aires, procedente de Santiago de Chile, aquel 14 de abril. Desde  la capital argentina se dirigía a sus colegas chilenos con el objeto de agradecerles el apoyo incondicional que le habían brindado. La inminencia de su detención y la posibilidad de sufrir una condena de varios años de cárcel (no menos de cinco), la llevaron a tomar tan drástica determinación

Pocos días antes, Alejandra Matus había arribado a Santiago desde Estados Unidos con el  objeto de presentar su libro.  El evento se efectuó el martes 13 de abril en un céntrico hotel capitalino, “El libro negro de la justicia “ iniciaba así, como otros escasos libros de periodismo denuncia –tan necesarios en Chile en las últimas décadas–, su tradicional camino hacia  el encuentro con sus lectores. Pero los acontecimientos se desencadenaron a inusitada velocidad, a primera hora del día siguiente los detectives llegaron a las oficinas de Editorial Planeta Chilena con la misión de incautar los ejemplares publicados.

Un flaco favor

El ministro Servando Jordán , expresidente de la Corte Suprema y actual magistrado de ese mismo tribunal, se sintió agraviado por la mención que de él se hacía en la obra y recurrió al amparo de la Ley de Seguridad Interior del Estado. Este documento legal establece como atentado contra el orden público aquellas supuestas ofensas que se emitan sobre altos funcionarios, magistrados, parlamentarios y jefes de las fuerzas armadas. A renglón seguido, Rafael Huerta, ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, instruyó proceso por infracción al artículo 6(b)  de la  mencionada ley.

El lento accionar de los tribunales chilenos es archiconocido, especialmente para quienes no cuentan con los medios económicos suficientes para contratar un “buen abogado”. Los juicios se acumulan y se archivan, los expedientes, con suerte,  en estanterías o en los rincones van formando rumas, y mientras adquieren el típico tinte amarillento, algunos también se extravían.

Por eso,  Carlos Orellana, editor general de Planeta experimentó una sorpresa mayúscula cuando su secretaria le informó que unos detectives preguntaban por “el dueño” de la editorial. Su asombro nacía de la inesperada rapidez de acción del tribunal. Podría decirse que había reaccionado casi simultáneamente con la aparición del libro.

Tanto la autora como él estaban conscientes del riesgo al cual se enfrentaban. “Procesos por abusos de publicidad, por injurias, han habido miles en Chile, los periodistas están acostumbrados”, afirma. Estos por lo general son lentos y su destino suele ser incierto. En consecuencia suponían una demanda en este tenor.

De ahí que, su segunda sorpresa, en aquella mañana del 14 de abril, se produjo al enterarse de que la querella era por transgresión a la Ley de Seguridad Interior. “No es lo mismo un simple proceso por abusos de publicidad, que un proceso por infracción a la Ley de Seguridad Interior, eso fue más de lo que esperábamos”, comenta. Sin aún reaccionar, procedió a efectuar la entrega de los más de 1,000 ejemplares que formaban toda la existencia.  

Orellana manifiesta que en estos momentos las cosas están en compás de espera. El abogado Hernán Montealegre  en representación  de la casa editorial presentó un recurso  de inaplicabilidad con el objeto de dejar sin efecto la  medida, apoyándose en la contradicción existente entre la Ley de Seguridad del Estado, promulgada en 1958 y  la Constitución de 1980.

De acuerdo con  normas básicas del derecho, la Constitución deja sin efecto lo que antes se haya podido establecer y sea contradictorio con sus disposiciones. En suma, la medida tiene carácter inconstitucional. Mientras tanto se están estudiando otras acciones relacionadas con el proceso propiamente tal, ya que aunque quedara eventualmente sin efecto la prohibición de circulación del libro, el proceso continúa.  

En todo caso, para Orellana hay una  decisión que es muy clara: no aceptará –y en eso están de acuerdo con la autora– llegar a un arreglo que signifique que ella tenga que pedir disculpas (como ha ocurrido en otros casos). “Eso está fuera de discusión”, señala categórico.

El editor considera que la decisión del ministro Jordán fue una clara equivocación. “La situación que lo afecta pudo ser conocida por tres o cuatro mil lectores, afirma, en cambio hoy le conocen cientos de miles de personas. Se ha hecho asimismo un flaco favor al ponerse en la mira de todo el mundo, sabe que su nombre ha pasado a ser patrimonio nacional y todos están atentos a saber qué va a pasar, además, con él.”

Mientras los libros eran requisados, los medios locales cubrían ampliamente el suceso. Los canales de televisión llegaron hasta las bodegas de la editorial y grabaron el momento en que los detectives retiraban los libros y en el aeropuerto filmaban la partida de la autora. La emisora de radio Nuevo Mundo puso en el aire durante varias semanas algunos párrafos destacados de la obra; el vespertino La Hora publicó algunos párrafos seleccionados antes de su confiscación, y el diario La Tercera lo puso el texto del libro en Internet.

 Amplia ha sido también la resonancia que ha tenido el caso en el extranjero. Recibió una destacada cobertura de CNN; mientras diarios como El País, de España, informaban  de los pormenores;  la organización  Human Rights Watch (HRW) iniciaban una acción de alerta, y las organizaciones internacionales de periodistas repudiaban la medida.

En consecuencia, Jordán le ha hecho también un flaco favor  al general Augusto Pinochet, actualmente detenido en Inglaterra, quien, hoy más que nunca, necesita que los jueces chilenos se muestren con un rostro limpio,  transparente y confiable, ejerciendo con nobleza e independencia su función de administrar justicia.

Poder corrupto

En la portada de “El libro negro de la justicia chilena” se destaca en su fondo negro, un dibujo que muestra a aquellos  conocidos monos: el que no ve, el que no oye y el que no habla. Adentro, las 349 páginas se distribuyen en seis capítulos, de los cuales el primero: “El poder degradado”, ocupa un tercio del libro. “En él hay una visión panorámica  de latrocinios, complicidades y corrupciones varias. Ahí  aparece el señor Jordán , aunque no es el único, hay media docena más de ministros, algunos de los cuales ahora están retirados”, indica Orellana.

Aunque más breves, otros dos capítulos también impactantes son el cuarto, “Los ritos del poder”, en el que se describen reacciones, emociones y actos reñidos con la ética, de miembros del poder judicial durante el golpe militar y en los años posteriores; y el siguiente: "Docudrama en cinco actos”, en el cual se relatan casos relacionados con los Derechos Humanos  en ese mismo período, y la actitud complaciente, temerosa y sumisa que tuvieron los jueces. Se suma al texto un índice onomástico compuesto por cerca de 500 nombres que se mencionan en la obra.

Cerca de seis años estuvo Alejandra Matus trabajando en el libro. Con acuciosidad fue reuniendo paso a paso el material que le permitiría elaborar un complejo  y valiente trabajo de periodismo investigativo. La cobertura, durante varios años, de “tribunales” le había permitido ir adentrándose en una chocante realidad que se hacía indispensable denunciar.

A medida que se avanza en su lectura surge un convencimiento, la necesidad imperiosa de que se produzca un cambio profundo, radical, en el sistema judicial chileno, porque hasta ahora la corrupción escurre por todos sus ángulos.   La autora explica que en los últimos años se perciben “signos de la recuperación que se avizora, que viene lenta pero que ya está en marcha”. Aunque advierte “que todavía queda bastante bajo la alfombra”.

Ventana a la expresión libre

No es nuevo para los periodistas chilenos el riesgo que corren en sus aspiraciones por rescatar la verdad y ofrecerla sin tapujos a la opinión pública. La sensación de precario equilibrio en la cuerda floja es una constante histórica que se acentuó a partir del golpe militar. La persecución y la censura generaron la autocensura que se abrió paso rauda  en aquella época. El retorno a la democracia no ha alivianado la mano autoritaria, mientras los profesionales de la prensa se debaten  encajonados entre la Ley de Seguridad del Estado, la Ley de Abusos de Publicidad,  las prohibiciones de informar, la inexistencia de la protección del secreto de la fuente, etc.

 Es esta situación, que genera un ambiente cargado, carente de transparencia y propicio a la corrupción, la que buscan revertir publicaciones como “El libro negro de la justicia chilena”. Lograrlo contribuiría a recuperar la salud de la sociedad chilena, tan aniquilada en las tres últimas décadas en términos de convivencia y respeto por los Derechos Humanos.

De ahí la importancia de abrir un espacio nacional para que los jóvenes periodistas, que buscan desatarse de los lazos de la autocensura y la mordaza, tengan en el futuro la posibilidad de expresarse libremente. Al respecto, Carlos Orellana afirma: “Nos gustaría que se mantuviera y desarrollara un trabajo en esa línea. Sobre todo porque los actuales medios de comunicación escrita, diarios, revistas, no ofrecen a los periodistas muchas posibilidades de una expresión abierta, diferente, disidente. Lo ideal sería que los libros pudieran abrir esa ventana a la información en forma más libre. Con este caso, añade, se ponen de relieve las posibilidades para los periodistas jóvenes dispuestos a hacer cosas parecidas. Uno de repente encuentra que los periodistas están como achatados, como que no sacan la voz o no van más allá de recoger las opiniones de  las autoridades y reproducirlas. Desde ese punto de vista siento que esta experiencia puede ser útil, una apertura a otras cosas, me gustaría que lo fuera”.

Coincidente se manifiesta la autora, cuando en la carta enviada a los periodistas locales, señala: “la decisión de incautar el libro ha destapado otros debates pendientes, lo ha convertido en bandera de la libertad de expresión.Y no puedo entristecerme por ello. Menos aún, si creo como creo, que ganaremos y que dentro de poco los periodistas tendrán una limitación menos para ejercer su función”.

Lea “El libro negro de la justicia chilena” en Internet


(Sonia Cano, periodista chilena. Escribe para distintas publicaciones de su país y de los Estados Unidos.)

(23 de mayo de 1999)

 

 

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