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El periodista frente al miedo
Por Gustavo Gorriti

Nosotros, los periodistas, historiadores de primera línea, no sólo informamos sobre nuestro tiempo y nuestras circunstancias, sino que también somos formados por ellos. En América Latina, donde gobierna lo extraordinario, lo extraordinario –quiera uno o no– domina nuestro trabajo y, a menudo, nuestra vida.

Me convertí en periodista a tiempo completo hace unos 20 años. Desde el principio comencé a informar sobre los efectos en Perú de la interacción del infrarrojo marxismo de Sendero Luminoso y el capitalismo ultravioleta del tráfico de drogas. Una interacción que embarcaría a mi país en uno de los años más trágicos de su historia. Debido a esto, era grande la necesidad de informar con precisión la realidad.

Pero cuando uno trata de trabajar como un periodista normal en un país considerado anormal por la corrupción, la violencia, o ambas, la verdad –esto es, la correcta representación de los hechos– perjudicará a individuos poderosos adeptos a la administración del miedo, la intimidación o la muerte.

En mi caso, como en el caso de muchos de mis colegas, la decisión de no permitir que el miedo sea el director del periódico, no requirió de mucha valentía. Cuando la intimidación se convierte en parte de la información, todo el periodismo se perjudica.

Uno no elige las circunstancias, pero uno ciertamente puede elegir su profesión. Yo quería ser periodista. Lo decidí desde temprano y nunca tuve dudas.

A través de Latinoamérica los periodistas han tomado la misma decisión y juntos, algunas veces sin darse cuenta, no sólo están informando sino haciendo historia, cambiando quizás las normas de transparencia y responsabilidad del hemisferio, y a menudo pagando un precio alto por esto.

Pero miremos algunos de los resultados: en México el poder ya no es una garantía de impunidad, mucho menos de respetabilidad. En Guatemala un presidente quería imitar a (Alberto) Fujimori y se convirtió en dictador. La resistencia de la prensa independiente galvanizó al resto de la sociedad, y el candidato a dictador fue derrocado. La democracia se salvó. En Venezuela y Brasil, dos presidentes han tenido que dejar la presidencia después de que la prensa publicó información condenatoria sobre corrupción. En Argentina y Panamá, los sueños de reelección de los actuales presidentes se hicieron añicos después de repetidas denuncias periodísticas de innegable corrupción en el servicio público. En Perú, aunque Fujimori aún está en el poder, la prensa independiente ha descubierto atrocidades contra los derechos humanos y conexiones con el tráfico de drogas a los más altos niveles del servicio de inteligencia y de su jefe, Vladimiro Montesinos, alguien tan importante para el régimen autoritario de Fujimori.

El precio es alto, sí, pero las cosas están cambiando y han cambiado.

En el pasado, acostumbrábamos a soportar, con abandono casi fatalista, la venganza de los poderosos y los corruptos. Con valor pasivo enfrentábamos las amenazas, la violencia, e incluso el asesinato. Uno hacía lo que tenía que hacer, y esperaba las consecuencias.

Esta ya no es la situación. Hemos hecho grandes progresos en defendernos.

Los periodistas han llevado a la justicia casos de acoso judicial con éxito ante cortes internacionales, y han obligado a los gobiernos a renunciar a sus acciones. La presión internacional en muchos frentes fue decisiva el año pasado en derrotar un intento del presidente de Panamá para expulsarme. La incansable presión de los periodistas argentinos finalmente produjo la caída y el suicidio del hombre que dio la orden de asesinar al fotógrafo José Luis Cabezas. Los periodistas peruanos han organizado una línea telefónica de emergencia para que los colegas de provincias la usen a toda hora, todo el año. Los periodistas mexicanos organizan su autodefensa lenta pero constantemente, lo cual significa poner una luz intensa sobre los perpetradores de cualquier ataque contra la prensa.

Varias veces durante mi carrera la presión internacional promovida por el Comité para la Protección de Periodistas fue decisiva para salvar y finalmente conservar mi vida. Cuando nosotros (y estoy seguro de que hablo por la mayoría de los periodistas independientes de América Latina) salimos a enfrentar la brutalidad de los poderosos, contamos con el comité. Contamos con él no sólo como un escudo intangible y efectivo, sino como una fuente de fortaleza y resonancia, y si sucede lo peor, contamos con él para dirigir una incansable presión para hallar a los responsables y que se haga justicia.

 


Gustavo Gorriti, periodista peruano. Director del diario La Prensa, de Panamá. Recientemente fue premiado por el Comité para la Protección de Periodistas por su valentía al denunciar la corrupción gubernamental. Este discurso, pronunciado por Gorriti durante la ceremonia de premiación en Nueva York, lo reproduce Pulso del Periodismo con la autorización de su autor.

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000