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Actos
contra periodistas en México
Por
Omar Raúl Martínez
Pocos
dudan que en los últimos 10 años se ha ensanchado el ejercicio crítico
de las libertades de expresión e información en México. Particularmente
en los medios de prensa gráfica, con menos asiduidad en la
radio y en contadas ocasiones en la televisión, hoy día se difunden
trabajos periodísticos que apenas una década atrás era imposible
–por no decir ilusorio– que ganaran el mínimo espacio.
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El panorama de agresiones
contra la prensa se ha ensombrecido durante los primeros cuatro
años del gobierno de Ernesto Zedillo.
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Se
tienen medios menos dependientes y más incisivos frente a los poderes
porque la sociedad ha ganado cauces hacia la democracia.
Sin embargo, en ese camino, paradójicamente, los periodistas
han tendido a convertirse en blancos de quienes son objeto de opiniones,
críticas o informaciones desfavorables.
El
panorama se ha ensombrecido en la última década y particularmente
a lo largo de los primeros cuatro años del gobierno encabezado por
Ernesto Zedillo. Si durante la administración de Carlos
Salinas se consignaron 520 incidentes en contra del oficio informativo,
tan sólo en los primeros cuatro años del actual régimen se registraron
629 casos.
La
brega por la apertura informativa de los medios, pues, no ha resultado
nada sencilla.
Lo
más preocupante del problema es que, de acuerdo con estudios hemerográficos
y documentales realizados por la Fundación Manuel Buendía (FMB)
y el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), cerca del
33 por ciento de tales hechos han sido
perpetrados por fuerzas del orden público, seguidas de representantes
gubernamentales, con 17 por ciento del total en esos cuatro años.
En otras palabras: quienes con mayor recurrencia obstruyen
o inhiben el trabajo periodístico en la República Mexicana, son
policías, militares, granaderos, elementos de seguridad, agentes,
entre muchos otros con tareas similares, así como funcionarios o
empleados menores adscritos a dependencias de los gobiernos federal
y estatales.
Todo
ello significa que alrededor de la mitad de los incidentes atentatorios
de las libertades de expresión e información son realizados por
el poder público mexicano.
¿El
escenario de apertura, crítica, denuncia y debate en los medios
de comunicación ha generado que los poderes ejerzan presiones para
establecer controles, o el hartazgo de estos es
lo que pese a todo ha
estimulado un periodismo más revelador, inquisitivo y cuestionador?
Panorama general
De
los 629 incidentes consignados entre fines de 1994 y 1998, se advierte
que el propósito evidente ha sido coartar o inhibir el libre rastreo
y procesamiento de la información,
pues el 43 por ciento de los afectados en ese período han
sido reporteros, fotógrafos noticiosos y corresponsales, centralmente
de las fuentes política, policiaca y de interés general,
por lo común al momento de intentar cumplir con su labor
profesional. Los actos que más predominan son las agresiones físicas (31 por
ciento), seguidas de las amenazas e intimidaciones públicas o veladas
(20 por ciento).
En
tercer sitio aparece una práctica que se ha venido haciendo recurrente en México
y que en rigor estricto no constituye una agresión, sino en todo
caso un acto que pudiese significar inhibición al ejercicio periodístico:
las demandas, con un 12 por ciento en el lapso indicado.
Y es que su recurrencia abre dos vías de interpretación:
que cada vez más se apela a las leyes para confrontar la irresponsabilidad
o ilegalidad de informadores y medios; o que aumentan las presiones
–disfrazadas de medidas legales– para inhibir el ejercicio crítico del periodismo.
En
ese mismo sentido, vale la pena distinguir entre lo que son agresiones públicas o embozadas, y lo
que significan hechos que pueden significar inhibición o presiones
tanto a medios como a periodistas.
Entre las primeras, podemos incluir, acoso u hostigamiento,
agresión física, allanamiento, amenazas e intimidaciones, asesinato,
atentado a la vida o al medio, censura, espionaje, intento de secuestro,
obstaculización o bloqueo o veto informativo, secuestro, insultos.
confiscación de equipo o de ejemplares y toma de medios
Conviene
precisar que no es gratuita la expresión de agresiones públicas
o embozadas, pues los estudios realizados por la FMB revelan
que un considerable porcentaje de casos suelen ocurrir bajo el anonimato
de los responsables. Es decir: no resulta infrecuente que algunos
funcionarios o políticos o particulares, molestos o inquietos por
informaciones o críticas u opiniones publicadas o por darse a conocer,
actúen contra periodistas a través de mensajes inhibitorios de manera
embozada –o sea, sin dar
la cara– para no comprometer su imagen pública o la de la institución
que representan.
Ahora,
en torno a los hechos que pueden significar inhibición o presiones
a periodistas y medios de comunicación, es preciso apuntar que,
estrictamente hablando como
se dijo antes, no pueden considerarse “agresiones”.
Sin embargo, la experiencia indica que tanto la interpretación
y aplicación de las leyes, como las relaciones prensa-Estado en
México están influidas por la discrecionalidad y la parcialidad
en momentos clave, lo cual posibilita cauces inhibitorios o de presión
mediante argucias legales o de otra índole. Por tanto, aunque resulta
complejo dilucidar a ciencia cierta cuando se trata realmente de
atentados a las libertades de expresión e información, la referencia
de tales hechos implica una insoslayable veta de análisis. Entre
esos actos, encontramos: auto de formal prisión, cita a comparecer
o revelar fuentes, demandas (por difamación, injuria, calumnia,
etcétera), despido, detención por parte de autoridades, orden de
aprehensión, renuncia inducida, robo, suspensión, cateo, auditoría
fiscal, bloqueo publicitario, cancelación de un programa o de una
concesión, cierre temporal o clausura de una emisora y embargo.
Considerando
estos parámetros, por lo menos durante 1997 y 1998, del total de
actos, el 68 por ciento fueron agresiones públicas o embozadas
(60 por ciento contra periodistas y 8 por ciento contra medios)
y casi 32 por ciento lo representaron hechos que pueden significar
inhibición o presiones (28 por ciento a periodistas, fundamentalmente
por las citadas demandas, y 4 por ciento a medios).
La
ambigüedad e interpretación sesgada o arbitraria del marco legal,
como decíamos, permite acciones que tienden al control gubernamental. Por ejemplo, si bien es cierto que la Constitución
General de la República dice que es inviolable la libertad de escribir
y publicar, y establece como límites a esa libertad el respeto a
la vida privada, a la moral y a la paz pública, no ofrece elementos
de acepción unívoca para definir cada uno de estos conceptos. Tal
vacío jurídico ha orillado a introducir nociones autoritarias, que
a fin de cuentas redundan en autocensura. Así ocurre en el caso de la Ley Federal de
Radio y Televisión, que en su artículo 97 señala: “El concesionario o permisionario está obligado a atender las
observaciones que por escrito le haga la Secretaría de Gobernación,
si a su juicio de esta las transmisiones no se ajustasen a la presente
Ley y su reglamento”. Ello,
por supuesto, permite elementos subjetivos de interpretación, lo
cual coloca en la indefensión a los empresarios de los medios electrónicos,
pues en cualquier momento puede verse en peligro la vigencia de
sus concesiones. Por ello también se explica la relación de
conveniencias mutuas entre gobierno y medios, y por ende asimismo
se hace necesaria una reforma legal en ese terreno.
Lista
negra y otras suspicacias
Las
cifras de periodistas asesinados por lo general constituyen un termómetro
de los riesgos que se corren o a las condiciones en que se ejerce
el periodismo. Sólo para contextualizar recordemos datos de años
anteriores. De acuerdo con un estudio realizado por la organización
Artículo 19, en el gobierno de Luis Echeverría (1970-1976) hubo
seis profesionales de la información ultimados, durante la administración
lopezportillista (1976-1982) la cifra ascendió a 12; a lo largo
del sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988) 33 informadores resultaron
asesinados, y de acuerdo con los rastreos hemerográficos y documentales
de la FMB, en el régimen de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994)
cayeron 46 profesionales de la tecla informativa (nueve por motivos
ajenos al oficio profesional).
En tanto que durante el mandato de Ernesto Zedillo se han
registrado 40 homicidios (aunque 17 por motivos evidentemente extraperiodísticos). Tales muertes, por lo común, nunca son suficiente
y profundamente investigadas por
las autoridades, por lo que en muchos casos se desconocen los móviles
o estos se definen a partir de especulaciones periodísticas.
En
consecuencia, si en casos de asesinatos a periodistas las pesquisas
judiciales marchan lentamente o con graves deficiencias o resultan
ineficaces, ¿qué se puede esperar de asuntos “menores” como amenazas,
golpes embozados, atentados u otros?
Lo cierto es que la mayor parte de los incidentes sufridos
por informadores no se denuncian frente a los tribunales judiciales
precisamente por la falta de credibilidad en las autoridades dedicadas
a resguardar el orden e impartir justicia.
Tal
circunstancia, lamentablemente, no genera sino el regodeo de la
impunidad. Porque el quehacer de los organismos de derechos humanos,
si bien loable, se ve limitado en sus efectos jurídicos y penales.
Así, por ejemplo, desde su creación en 1991, la Comisión Nacional
de Derechos Humanos (CNDH) ha emitido 33 “recomendaciones” a 17
gobernadores de los estados de la República para que pongan su empeño
en las pesquisas y el esclarecimiento de casos de analistas e informadores
y se aplique la justicia. El número de actos contra la libertad
de expresión resulta tan preocupante que incluso la CNDH creó en
mayo de 1997 una comisión especial para dar seguimiento a tales casos: el Programa
de Agravios a Periodistas. Pero
del total de incidentes ocurridos durante el primer cuatrienio del
régimen actual (629), tan solo han existido 15 “recomendaciones”
en el mismo período debido, entre otras razones, a falta
de denuncias formales, carencia de pruebas o ineficaz seguimiento judicial.
Es
por esa razón que en los últimos dos años han surgido en México
iniciativas en defensa del quehacer periodístico honesto y responsable.
Así, en diciembre de 1997 se estableció la Red Mexicana de Protección
a Periodistas –constituida por la Fundación Manuel Buendía,
el Centro Nacional de Comunicación Social, el Sindicato Nacional
de Redactores de la Prensa, la Academia Mexicana de Derechos Humanos
(AMDH), la Fraternidad de Reporteros de México, entre otros organismos–
con el afán de investigar, consignar, analizar, asesorar y capacitar
en los casos de actos contra las libertades de expresión e información.
Con propósitos similares, y acaso complementarios, han nacido recientemente
la Sociedad de Periodistas, representada por conocidos profesionales
de la información de distintos estados del país, y el Programa de
Protección a periodistas de la AMDH.
Focos
rojos
Un
punto de análisis en el que coinciden las referidas entidades germinadas
por iniciativa del gremio periodístico y de organismos de derechos
humanos, se refiere al dato que señala a las fuerzas del orden y
a instituciones de gobierno como
recurrentes responsables de obstaculizar o inhibir el ejercicio
periodístico, aunque sin olvidar las agresiones o amenazas de ciertas
figuras públicas, o por parte de grupos de narcotraficantes cuyo
acecho se ha visto intensificado en los últimos dos o tres años.
El
33 por ciento que engloba a los presuntos o públicos responsables
contra periodistas y medios entre 1999 y 1998, como decíamos, lo
constituyen personajes como los distintos tipos de policías (de
vialidad, federales, de caminos, judiciales, fiscales, estatales,
municipales, antimotines), así como militares, granaderos, comandantes
de la Procuraduría General de la República, y guardaespaldas de
figuras públicas. Por lo general tales casos ocurren cuando se va
en busca de la información, como cuando en diciembre pasado Jesús
Alberto Hernández, reportero de Reforma, fue insultado y
violentamente subido en una patrulla durante 30 minutos, por haber
anotado las placas del policía al momento de aceptar un soborno.
Instituciones
y funcionarios de gobierno ocupan el segundo y nada honorable segundo
lugar con un 17 por ciento del total sumado en los primeros cuatro
años de Ernesto Zedillo, y lo ejemplifican hechos como cuando Nancy
Azpilcueta, directora de El Demócrata de San Pedro de las
Colonias, Coahuila, fue agredida y amenazada por el coordinador
de Comunicación Social del Ayuntamiento, después de publicar fotografías
donde se veían integrantes del Cabildo y trabajadores del Municipio
en una convención del partido Oficial (PRI), en horarios de oficina.
O cuando la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal citó a
13 reporteros a “rendir su declaración” sobre la denuncia de la
existencia de un grupo corrupto al interior de la Secretaría de
Seguridad Pública, tema del que habían escrito anteriormente.
A
los primeros dos tipos de responsables, le siguen desconocidos (12
por ciento), particulares (ocho por ciento) y otros (cinco por ciento),
y con porcentajes menores al cuatro por ciento aparecen partidos
políticos, narcotraficantes, grupos sociales, exfuncionarios de
gobierno, instituciones educativas, etcétera.
Un
grupo de agresores cuyo acoso ha sido mayor y persistente en contra
de algunos periodistas lo constituyen los narcotraficantes. De hecho, en julio de 1997 fue asesinado Benjamín Flores, director
de La Prensa, de San Luis Río Colorado, Sonora, por sus presuntas
denuncias contra los capos de la región. Casi cuatro meses después,
a fines de noviembre, por los mismos motivos, Jesús Blancornelas,
director del semanario Zeta, de Tijuana Baja California,
fue objeto de un atentado contra su vida, en el que resultó muerto
su guardia personal. Y a
principios de mayo de este año, Jesús Barraza, director del
semanario Pulso, de San Luis Río Colorado, fue amenazado
de muerte por el narcotraficante Albino Quintero y un mes después
su guardaespaldas –que le habían asignado para su protección las
autoridades del estado de Sonora– sufrió agresiones por parte de
miembros de la Policía Judicial Federal por haber denunciado Barraza
presuntas vinculaciones de judiciales con bandas del crimen organizado.
En
fin, el tipo de agresiones son tan variopintas como tantos agresores
existen en contra del ejercicio informativo.
Pero en rigor estricto, tales hechos no sólo significan actos que menoscaban las libertades de expresión e información,
sino que también –en la medida de que los beneficiarios de estas
lo constituyen los ciudadanos todos– representan un agravio a la
sociedad.
A
fin de cuentas, la libertad de expresión no únicamente es de quien
la ejerce con eficacia y responsabilidad, sino también de quien
la defiende a tecla y pesquisa. Porque al hacerlo de igual manera
le brinda un servicio la sociedad.
Omar
Raúl Martínez es director de la Revista Mexicana
de Comunicación, que edita la Fundación Manuel Buendía.
(27
de agosto de 1999)
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