Entrevista con Miguel Acosta, de la Academia Mexicana de Derechos Humanos
Por
Pedro Enrique Armendares
Hace
algunos días el Centro Nacional de Comunicación Social de México
(CENCOS) denunció que el exdirector del diario El
Independiente de Hermosillo, José Luis Hernández Salas,
fue amenazado de muerte por el gobernador del estado de Sonora,
Armando López Nogales. El propósito del funcionario, de acuerdo
a CENCOS, sería tomar el control del diario para "ponerlo
al servicio de la campaña presidencial" del candidato del
Partido Revolucionario Institucional, Francisco Labastida.
La
denuncia de CENCOS, la cual añade que el periodista presuntamente
amenazado huyó a los Estados Unidos junto con su familia, recuerda
una época no tan lejana –y que muchos creían terminada– de censuras,
agresiones y amenazas de las autoridades contra los periodistas.
Y no es que practicar el periodismo en México haya dejado de
ser una profesión riesgosa, sino que según los analistas en
años recientes el principal peligro no han sido tanto los políticos
o funcionarios irritados por las denuncias como las acciones
de poderes no tradicionales y casi siempre impunes, tales como
los narcotraficantes.
Fue
el caso de Jesús Blancornelas, editor del semanario Zeta, de Tijuana, quien resultó gravemente herido en noviembre de
1997 durante un atentado al parecer cometido por matarifes del
llamado cartel de Tijuana. Peor suerte corrió Benjamín
Flores, director del diario La
Prensa, de San Luis Río Colorado, Sonora, quien fue asesinado
ese mismo año frente a su propia redacción. Los asesinos de
Flores, quienes también han sido vinculados con el narcotráfico,
huyeron a Estados Unidos ante la indiferencia de las autoridades
mexicanas.
Los
nuevos peligros que acechan a los colegas mexicanos están relacionados,
irónicamente, con el avance del periodismo independiente y la
disminución de las presiones tradicionales contra los periodistas.
Si bien el gobierno sigue ejerciendo una influencia inapropiada
sobre los medios, muchos diarios dependen cada vez más de la
preferencia de los lectores y de los anunciantes y menos de
los subsidios oficiales. La censura abierta, mientras tanto,
se ha reducido hasta un nivel que asombra a los más escépticos.
Pero
estos logros de ciertos sectores de la prensa mexicana, que
incluyen un creciente número de investigaciones sobre temas
como la corrupción pública y sus nexos con la delincuencia organizada,
están provocando también la irritación de muchos poderosos que
antes se creían, o sabían intocables.
Los
mayores riesgos y amenazas actuales contra los periodistas mexicanos,
advierte Marylene Smeets, del Comité para la Protección de Periodistas
(CPJ), provienen "del narcotráfico y la corrupción".
Y algo sumamente preocupante, agrega la coordinadora del programa
para América del CPJ, es que los periodistas que cubren estos
asuntos a menudo no cuentan con el amparo de las autoridades
como lo ilustra "la hasta ahora inexplicada liberación
del narcotraficante Jaime Gutiérrez González, quien ha sido
acusado de ser autor intelectual del asesinato de Benjamín Flores".
Esa
irresponsabilidad, según algunos críticos de las autoridades
mexicanas, se reflejó también en el caso de Jesús Barraza, quien
fuera cercano colaborador de Flores. Barraza continuó con las
investigaciones y denuncias iniciadas por su jefe, primero desde
La Prensa y después
de otros medios, y ha sido amenazado de muerte en repetidas
ocasiones. Por ello fue puesto bajo la protección de una escolta
del gobierno estatal, que después trató de regatear e incluso
retirarle esa protección provocando una decidida reacción de
diversas organizaciones mexicanas e internacionales.
Una
de las organizaciones que presionó con éxito para que se mantuviera
la protección a Barraza fue la Sociedad de Periodistas, creada
en 1998 a raíz del atentado contra Blancornelas. Fue fundada
por reconocidos profesionales mexicanos como Rossana Fuentes-Berain
y Jorge Zepeda, y su mandato es precisamente contribuir a que
los periodistas en México puedan realizar su ejercicio profesional
sin miedo a represalias. Este es uno de los aspectos en los
que, según Smeets, la situación de los periodistas mexicanos
está mejorando. Además de que hay más independencia para ellos,
opina, "los periodistas han venido organizándose y defendiéndose
en estructuras como la Sociedad de Periodistas, que ha juntado
a periodistas de todo el espectro de la prensa mexicana alrededor
del tema de la defensa de la libertad de prensa."
Pero
también otros sectores de la sociedad mexicana se han interesado
en la protección de la libertad de prensa y de los periodistas
mismos, a quienes consideran actores indispensables en la incierta
y aún completa transición a la democracia. Como señaló la Academia
Mexicana de Derechos Humanos en la presentación de su Programa
de Protección a los Periodistas, el ataque contra uno de ellos
"es un ataque no solamente a todo el gremio, sino a toda
la sociedad mexicana".
El
Programa se inició en marzo de 1998, bajo la coordinación de
Sergio Aguayo y el patrocinio de la Fundación McCormick, y con
la premisa de que "la protección de los periodistas agredidos
en el ejercicio de su labor se ha convertido en los últimos
años en una necesidad estratégica para la consolidación de la
democracia en nuestro país".
La
libertad de expresión en México, señala el documento de la Academia,
es "asediada por fuerzas ligadas al narcotráfico, eventualmente
asociadas con cuerpos policiacos que incurren en actos delicitivos
y a fuerzas políticas o sociales que acuden al expediente judicial
para acallar a periodistas". La Academia reconoce que la
libertad de expresión se ejerce actualmente "como no se
había hecho anteriormente en el país", pero persiste "una
penumbra" en la que ejercer esa libertad puede resultar
peligroso, "en particular en el interior del país".
Es
claro que se ha progresado mucho en las últimas tres décadas
y se pueden decir cosas que antes era imposible publicar, señala
en entrevista Miguel Acosta, "pero aún existe la autocensura
y hay grandes presiones de fuerzas no gubernamentales en contra
de la libertad de expresión". El actual coordinador del
Programa de Protección a Periodistas es un sociólogo de formación
quien ha estado ligado al periodismo de distintas maneras, incluyendo
el análisis de contenido de medios extranjeros y el seguimiento
de la cobertura electoral por parte de los medios mexicanos.
El
objetivo fundamental del Programa, señala, es establecer una
instancia para contribuir a proteger la libertad de expresión
y el derecho a la información en México. La Academia colabora
con otras organizaciones como la propia Sociedad de Periodistas,
CENCOS y la Fundación Manuel Buendía, con las que ha integrado
la Red de Protección a Periodistas y Medios de Comunicación.
Como
parte de sus actividades específicas, el programa de protección
de la Academia identifica e investiga casos importantes y representativos
de agresiones a periodistas o a la libertad de expresión, con
la intención de que la protección a la labor de algunos periodistas
específicos "ejerza un efecto multiplicador".
Los
"casos relevantes" documentados por Acosta en 1999
incluyeron el homicidio de Benjamín Flores y las agresiones
y hostigamiento contra Jesús Barraza, quien ahora dirige el
semanario Pulso de
San Luis Río Colorado; así como las amenazas de muerte contra
Sergio Haro Cordero, director del semanario Siete
días de Mexicali, Baja California. Esos tres casos, apunta
Acosta, están relacionados con el narcotráfico.
Los
otros dos casos específicos seleccionados por Acosta son de
orden más político. Uno es el de Verónica Danell, corresponsal
en el estado de Tabasco del noticiero radiofónico Para
Empezar, y quien tuvo que salir de la entidad en agosto
de 1988 tras ser hostigada por el personal de seguridad del
gobernador Roberto Madrazo. Éste, según explicó Acosta, no gustó
de la "visión objetiva" que dio la reportera sobre
los enfrentamientos entre el mandatario y el opositor Partido
de la Revolución Democrática.
El
quinto "caso relevante" de 1999 fue el de Carlos Menéndez,
director del Diario de
Yucatán, demandado judicialmente por un candidato de un
partido minoritario quien se dijo perjudicado políticamente
por la información electoral publicada en ese medio.
El
Programa de la Academia, señaló Acosta, cuenta además con una
Comisión de Protección a Periodistas integrada por "periodistas
destacados y comprometidos con un periodismo objetivo y con
la libertad de expresión, y por miembros de la Academia interesados
en el tema". Esa Comisión, encargada de aprobar los casos
propuestos por Acosta, incluye al periodista y académico Sergio
Aguayo; al presidente de CENCOS, José Alvarez Icaza; al director
del diario El Imparcial,
de Hermosillo, José Santiago Healy; al abogado y actual candidato
del Partido Acción Nacional al gobierno de la ciudad de México,
Santiago Creel, y al ex presidente de la Comisión Nacional de
Derechos Humanos y ex Procurador General de Justicia, Jorge
Carpizo, entre otros.
¿Complicidad por omisión?
Acosta
coincide con otros observadores en que hoy en día las principales
amenazas contra los periodistas mexicanos por lo general ya
no provienen directamente del Estado o de los distintos niveles
de gobierno, sino de fuerzas vinculadas a la delincuencia organizada.
Pero
ello es posible, insiste, "porque el Estado que debería
proteger a los periodistas hace caso omiso de las amenazas",
como ocurrió en el caso de Jesús Barraza. Cuando el periodista
"recibió amenazas de muerte directas de un narcotraficante",
recordó Acosta, el Estado responsable de protegerlo argumentó
que no tenía recursos humanos o financieros para hacerlo. Más
aún, en ocasiones ocurre también que fuerzas policiacas "aliadas
o penetradas por el narcotráfico" sean las que amenazan
directamente a los periodistas. Así, puede ocurrir que los periodistas
que cubren el narcotráfico, una vez amenazados, "lo piensen
dos veces" antes de volver a tocar el tema.
Aún
sin llegar a las amenazas, continúa Acosta, otra "vertiente"
para intimidar a los periodistas es el uso de demandas judiciales
–por difamación, por ejemplo– con el propósito de enredarlos
en interminables procedimientos legales y desalentar su trabajo.
Por lo general son actores privados los que recurren a este
tipo de mecanismos, señala, pero las autoridades también resultan
involucradas porque están obligadas a cumplir la ley.
Así
las cosas, Acosta considera que es necesario que los periodistas
se sigan organizando para defender sus derechos. Actualmente
hay varias organizaciones de protección a los periodistas, recuerda,
pero existe un problema de recursos económicos y la Academia
es la única que tiene fondos para hacer estudios e investigaciones
en este campo.
Pero
en todo caso, ha habido avances; hace cinco o diez años el costo
de asesinar a un periodista en México era casi nulo mientras
que ahora, como lo señala la movilización en torno a Jesús Barraza,
"ya no es tan fácil".
Sin
embargo, continúa, es necesario que se siga desarrollando una
cultura de lucha contra la impunidad y defensa de la libertad
de expresión, lo que no resulta sencillo debido al escepticismo
que sienten muchos colegas ante las autoridades. Pero "si
como periodista no levantas una denuncia penal de lo que te
ha sucedido nadie va a llegar a apoyarte", afirma Acosta.
"El periodista tiene que adquirir la conciencia de que
si sufre una agresión debe presentar la demanda correspondiente.
Y en la medida en la que se documenten casos, estos se convierten
en parque, en municiones para que los organismos interesados
los puedan defender".
Por
ejemplo, la difusión que se dio al caso Barraza generó el interés
de diversas instancias en México y otros países; la Sociedad
de Periodistas realizó una de sus primeras intervenciones; la
Red de Protección a Periodistas y Medios de Comunicación presentó
el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos,
y todas las organizaciones exigieron que se diera al periodista
la protección necesaria. En ese caso la presión tuvo éxito,
y Acosta reitera que es indispensable "documentar casos
para que las organizaciones interesadas podamos hacer un manto
para cubrir a los periodistas", manto que no tuvieron en
su momento ni Jesús Blancornelas ni los numerosos periodistas
que han sido asesinados en México.
"Es
así como podemos contribuir a incrementar el costo político
de atacar a un periodista", añadió Acosta. "Imaginemos
a un actor menor de alguna ciudad perdida del país que quiera
amenazar a un periodista, el cual empieza a recibir muestras
de solidaridad de México y del extranjero. Eso le repercute
al gobierno local, el cual deberá tener cierto cuidado de que
no le creen problemas, que ese narcotraficante o esa persona
no atente contra la libertad de expresión".
A
pregunta expresa, Acosta coincide en que se debe presionar a
las autoridades para que se hagan responsable de la seguridad
de los periodistas, no porque éstos sean más importantes que
otras personas sino porque tienen el "papel social fundamental"
de informar a la sociedad.
Otros flancos débiles
Acosta
se refirió también a otros problemas que afectan al periodismo
mexicano, tales como la falta de apoyo y protección a los reporteros
por parte de sus jefes y de los propietarios de los medios,
y la carencia de una cultura de libre acceso a la información.
"Ahí
no se ha caminado mucho", observa Acosta al referirse a
la actitud de numerosos empresarios del periodismo. Por una
parte, está el trabajo "a destajo", por el cual un
reportero tiene que cubrir una gran cantidad de notas diarias.
"Eso refleja la situación de los medios; en este país siempre
ha habido dueños ricos y periodistas pobres".
Por
otro lado, "los periódicos han sido un medio de presión
política". Muchos empresarios siguen operando con la vieja
idea que puede expresarse como "tengo un periódico para
que me pagues para que no te pegue", y mientras exista
"esta visión el periodista queda desprotegido".
Acosta
se refirió a algunos casos en los que el propio dueño de algún
medio censura o incluso despide a sus periodistas porque no
está comprometido con ellos "sino con el poder político
que le da la posibilidad de tener un periódico que no vende,
no circula", pero que le aporta ingresos provenientes del
gobierno o de los empresarios. Los dueños de los periódicos,
insiste, "tienen una gran responsabilidad".
Si
bien Acosta considera que en México hay algunos medios que se
han abierto notablemente y están contribuyendo a cear "una
nueva dinámica en la información" –––por ejemplo Público,
de Guadalajara; El Imparcial,
de Hermosillo, y el Diario
de Yucatan– también advirtió que "esa no es toda la
historia". Frente a cada uno de ellos hay otros 20 "que
son lo contrario. Hay muchos diarios que siguen pensando en
el viejo régimen de partido único", y continúan en operación
porque "hay dinero para esos diarios" aún cuando no
tengan circulación.
El acceso a la información
Otro
problema grave para los periodistas, señaló Acosta, es que en
México el acceso a los documentos públicos no está legislado
por lo que con frecuencia los reporteros recurren a las llamadas
filtraciones o dependen
de la buena voluntad de algún funcionario que les proporcione
información. El derecho de petición que consagra la Constitución
mexicana tampoco funciona, dijo Acosta, como lo demuestra el
intento de la organización Alianza Cívica por utilizar esa garantía
para conocer el salario real del presidente Ernesto Zedillo
y otra información relacionada con el presupuesto federal. El
mandatario tardó cerca de un año en responder, y lo hizo "cuando
tuvo encima un juicio de amparo". Aún así su respuesta
fue incompleta, ya que "el derecho de petición estipula
que el funcionario debe responder en un plazo breve" pero
si lo hace con un rotundo "no le digo" basta para
dar por cumplida esa obligación.
Sin
embargo, señaló Acosta para terminar con una nota optimista,
por primera vez se está generando en México una "masa crítica"
de personas interesadas en mejorar la capacidad para investigar
y dar a conocer a la sociedad lo que está pasando, porque están
surgiendo organizaciones civiles e individuos "que confluyen
desde diferentes perspectivas para generar un periodismo más
independiente". Eso "no lo tenía Scherer en 1976 cuando
sale de Excelsior", dijo Acosta al referirse
a una maniobra atribuida al entonces presidente Luis Echeverría
para acabar con el periodismo crítico de Julio Scherer y sus
colaboradores. "Era él solo contra el gobierno. Ahora estamos
en una sociedad en la que muchos confluimos en un mismo interés,
y ese movimiento puede contribuir a que el periodismo sea mejor
y la libertad de expresión sea más efectiva".
Pedro
Enrique Armendares es director de Periodistas
de Investigación (IRE-México). Fue reportero de asignaciones
especiales del diario La Jornada, de la Ciudad de México.
(Enero
28, 2000)