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Peru: cuando la verdad es una bomba

Todos sabían que el presidente peruano Alberto Fujimori había sobornado a parlamentarios pero sólo cuando la realidad se vio de cerca, mediante un vídeo transmitido por la televisión, estalló la crisis peruana. Para un régimen con secretos inconfesables, la verdad y la prensa son los principales enemigos.

Por Ricardo Uceda

La decisión de Alberto Fujimori de abandonar el poder fue tan sorprendente que ni siquiera la conocía el hombre mejor informado del país: Vladimiro Montesinos, su asesor íntimo. Montesinos, claro está, tenía que ser el primer sorprendido. De lo contrario tal vez el presidente no hubiera podido hacer su anuncio.


Alberto Fujimori

Aún desde Panamá, donde pidió asilo inicialmente, Montesinos pretendía seguir dando órdenes. Pero el 14 de septiembre, con todo su poder intacto, no salía de su asombro mientras se enteraba que habría nuevas elecciones y que el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), que precisamente él manejaba, sería desactivado.

Cuando Montesinos se repuso de su sorpresa hizo frente común con el Ejército para someter nuevamente a Fujimori. Lo consiguió, pero la situación era irreversible. La opinión pública apoyaba a gritos el llamamiento electoral. La Organización de Estados Americanos (OEA) también, pese a que, tras verificar el fraude de comienzos de año, ya sólo pretendía "democratizar" el tercer gobierno de Fujimori. Y hasta los canales de televisión -a los pies del mandatario desde 1992- se interesaban en parecer independientes.

Como se comprobó después, Montesinos y el Ejército desaprobaron que Fujimori pretendiera salir de escena, salvándose él y dejando a los militares en situación de rendir cuentas. Aunque el país estaba indignado por la transmisión de un vídeo que mostraba a Montesinos sobornando a un parlamentario opositor, la situación era manejable para los aliados de Fujimori. El sistema podría soportar la crisis. Ya la Fiscalía de la Nación actuaba para archivar el caso -comprobaría que el presunto sobornado, Alberto Kuori, en realidad sólo recibía un préstamo personal de Montesinos; el Congreso rehusaría investigar y la televisión encontraría otros escándalos para distraer la atención. Al final solo quedarían los gritos destemplados de la oposición.

Así pensaba Montesinos, de acuerdo a fuentes confiables. Su opción, por cierto, se basaba en la presunta posibilidad de apagar el incendio. Montesinos, más que un analista excepcional, es un gran manipulador de las circunstancias, y contribuyó a su fama la enorme cantidad de recursos a su disposición: el Congreso, el Ministerio Público, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, dinero negro a raudales y un servicio de inteligencia sobredimensionado. Con esto, más las principales estaciones de televisión, el SIN capeó las crisis previas fabricando escenarios para cada caso. Pero esta vez Fujimori dedujo que ninguna maniobra podría evitar lo que más temió en estos años: que entrara la luz en la enorme parte oscura de su gobierno, especialmente sobre la corrupción dirigida desde el SIN. Por eso decidió tirar la toalla.


En efecto, a partir de 1992, cuando se hizo dictador al clausurar el Congreso, la principal lucha de Fujimori no ha sido contra la oposición, que pese a su denuedo nunca logró hacerse de una mayoría popular para derrotarlo. Fue contra la prensa independiente, un pequeño grupo de medios y de periodistas que podía revelar lo que había de repulsivo en su régimen, cambiando el ánimo social permisivo a su gobierno. En vano este sector fue ferozmente atacado por el SIN. Los momentos más impopulares de Fujimori no estuvieron originados por movilizaciones, o paros, o derrotas parlamentarias. Fueron investigaciones periodísticas. Simple y llanamente, noticias.

La primera se produjo cuando la revista Sí demostró que nueve estudiantes y un profesor de la universidad La Cantuta fueron asesinados por el Grupo Colina, un escuadrón militar protegido por el gobierno. Aunque el Ejército sacó los tanques a la calle, Fujimori -quien ya se había "democratizado" haciendo elegir un congreso constituyente- no pudo evitar que se iniciara un juicio a los culpables. Canal 2 produjo la segunda gran denuncia, al revelar las torturas que el Ejército infligió a una de sus agentes de inteligencia, Leonor La Rosa. Más tarde el diario Liberación comprobó ingresos millonarios, evidentemente ilícitos, de Vladimiro Montesinos. Y luego vendría la investigación del diario El Comercio y Canal N, demostrando que la inscripción de Fujimori como candidato, en las elecciones del 2000, se hizo con más de un millón de firmas falsificadas.

En todos estos casos el gobierno atropelló el orden establecido para que los crímenes no fueran sancionados y la corrupción continuara. Para salvar a los miembros del Grupo Colina dio una ley inconstitucional que, sustrayéndolos de la justicia común, los benefició con un juicio militar. Después los amnistió, librándolos de cumplir sus leves penas. Las torturas en el Ejército quedaron igualmente sin castigo. Los ingresos de Montesinos jamás fueron investigados. En fin, el Poder Judicial prefirió acusar a quienes denunciaron la falsificación de firmas. En este ambiente cayeron las abrumadoras denuncias sobre un fraude electoral en las elecciones de mayo pasado. Pese al severo informe de la OEA y al retiro de su antagonista, Alejandro Toledo, Fujimori insistió en participar en la segunda vuelta administrada por organismos electorales que dominaba, y el 28 de julio se proclamó, por tercera vez, presidente. Dos meses después, la difusión del vídeo le estalló en plena cara.

En realidad, todo el mundo sabía que, tras comprobar que carecía de mayoría parlamentaria, Fujimori había ido "comprando" parlamentarios hasta obtenerla. Lo dijeron algunos congresistas que rechazaron los sobornos. Pero una cosa es saberlo y otra mirarlo de cerca, sintiendo la incomparable fuerza de las imágenes. No fue hasta que el hombre del SIN fue visto entregando 15 mil dólares al tránsfuga Alex Kuori que la población -buena parte de la cual consideraba a Fujimori un buen presidente acompañado por un malo: Montesinos- pasó a quitarle todo su respaldo al régimen. Y no sólo por lo que se veía. De alguna manera el vídeo demostraba expansivamente que había mucha corrupción por ser conocida. Y que Fujimori estaba metido hasta el cuello.

La crisis tuvo varias etapas. Fujimori fracasó al exigir una amnistía para los militares. Nuevamente se distanció de Montesinos, y lo busca para detenerlo. La tensión sigue alimentada por verdades ocultas. Por eso la prensa continua siendo decisiva en el desenlace: aunque el gobierno se vaya, la opinión pública, quiere saber qué se ocultó durante todos estos años.


Ricardo Uceda es jefe del equipo de investigación de El Comercio, Lima

(noviembre del 2000)

 

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI - 2000