En Colombia, febrero se ha convertido en un mes sinónimo de periodismo.
Todos los 9 del segundo mes del año, se celebra la fiesta clásica
de este oficio en Colombia en recuerdo de la primera publicación
que circuló en el país: Papel Periódico, de Santafé de
Bogotá, que dirigió el cubano Manuel del Socorro Rodríguez.
Tradicionalmente, febrero es un tiempo que se utiliza para hacer
reflexiones sobre la profesión.
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Javier
Darío Restrepo
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De paso, en las distintas ciudades colombianas se entregan premios de
periodismo para halagar la vanidad... y, de paso, sumar algunos
pesos a las precarias cuentas bancarias de los reporteros.
Pulso del Periodismo entrevistó a uno
de ellos, Javier Darío Restrepo, escritor de varios libros que
recogen su experiencia en el oficio, ombudsman del diario
El Tiempo, de Santafé
de Bogotá, y ganador de los más importantes premios.
Pulso: ¿Es bueno o malo ganar premios
de periodismo o lo malo es no habérselos ganado nunca?
Javier Darío Restrepo: Creo que es malo
ganarse uno un premio si lo saca de su propia realidad y le
hace perder el sentido de las proporciones. Que te lleve a mirar
a los demás por encima del hombro, o solo el pensamiento elemental
de que soy mejor que los otros. Entonces el premio es dañino,
no es aconsejable y como los malos tragos se deben dejar a un
lado y no usar. Puede ser bueno en el sentido de que te zarandea y te obliga a preguntarte,
por qué, en razón de qué. Y te responsabiliza.
Cuando el premio responsabiliza, es bueno. En este caso ha
habido una dimensión muy buena, y la he sentido yo como un homenaje
superior al premio mismo, y es que los colegas llaman y casi
todos tienen la misma frase: "sentimos que es un poco nuestro
ese premio". Sobre todo los compañeros reporteros que sentían
que el reportero no tenía acceso a ese tipo de distinción. Era
una distinción que en realidad se había reservado para directores,
dueños de medios y sólo una vez, en el caso de José Salgar,
que era subdirector de El
Espectador, se habían salido de ese esquema. En mi caso
veo que se salieron completamente del esquema y que ya están
volviendo los ojos a los reporteros y seguramente que van a
encontrar entre ellos una cantidad de gente que es realmente
premiable. Aunque para decir la verdad, el reportero reportero,
se siente con un premio todos los días, con ese descubrimiento,
ese hallazgo que uno hace del ser humano cada vez que emprende
una nueva tarea periodística.
P.: ¿Cómo has vivido ese oficio de la reportería?
J.D.R.: Como una aventura diaria,
porque desde el momento en que en el consejo de redacción te
asignan un tema, el tema es una aventura. Y es una aventura
generalmente gratificante; hay veces en que uno vuelve con el
rabo entre las piernas, sin haber logrado nada importante, pero
en la generalidad de los casos uno resulta gratificado con un
hallazgo. En mi vida de reportero que es tan larga, fueron gratificaciones
tras gratificaciones.
A veces pensaría uno que lo más interesante es cuando va al exterior
a cubrir un evento. No, a veces dentro de esa reportería medio
rutinaria que se hace diariamente se aprende mucho y yo creo
que en mucha parte soy producto de ese aprendizaje.
P.: Ahora que hablas de rutina diaria, ¿cuál ha sido tu receta para no dejarte
aburrir por el oficio?
J.D.R.: Yo le atribuyo esa renovación
permanente a una preocupación que siempre mantuve y es que la
nota que estoy haciendo hoy, es mi mejor nota. Siempre rechacé
un cierto lugar común que es el del reportero que dice: "mi
mejor trabajo fue cuando entrevisté a fulano de tal o tal cosa...".
Esa es una tentación que dentro de mi manera de ver es peligrosa
porque te anquilosa, te deja en ese momento en esa satisfacción
y como que allí se hubiera suspendido la búsqueda, el empeño,
el trabajo de hacer algo creativo, de hacer algo nuevo, de descubrir
nuevas cosas. De modo que siempre yo tenía esa preocupación
y en el momento actual en que no hago ese tipo de trabajo, sino
otros, es lo mismo: mi trabajo de hoy tiene que ser mejor que
el de ayer. Eso, desde luego, lleva un cierto perfeccionismo
que es muy angustioso, pero creo que lo mantiene a uno en una
tensión de creación.
P.: ¿Y cómo hacer para que ese oficio de reportero no se convierta, como
en la definición de García Márquez, en un museo de cosas efímeras?
J.D.R.: Depende de una decisión que
generalmente los periodistas tenemos que tomar. Hay algún instante
en el ejercicio periodístico en que tienes que decidir si lo
que estás haciendo es el ejercicio del cuarto poder o el ejercicio
de un servicio.
Si lo tuyo va a hacer una manera de poder y lo haces para poder, te condenas
a la esterilidad y a esa cosa efímera, a esa cosa que no vale
la pena. Si por el contrario, siempre estás pensando que ésta
es tu manera de prestarle un servicio a la sociedad, eso consigo
trae la fórmula de la renovación y una dinámica simple.
P.: ¿Y cómo te encaminaste en tu vida profesional hacia esta actividad de
la reportería?
J.D.R.: En realidad, no fue algo deliberado, sino algo que se fue dando. Siempre
trabajé en ese campo, le tomé gusto y en razón de ese estar
pensando en el asunto y estar reflexionando sobre lo que hacía,
fui encontrando que es la forma más atractiva y más rica de
ejercer el periodismo. Había otras perspectivas, como tareas
de dirección o cosas así y esas nunca me atrajeron.
P.: Pero, ¿no estás siendo egoísta en ese sentido en la medida en que una
persona como tú al mando de una mesa de redacción haría una
gran labor?
J.D.R.: En su momento no lo vi como
un egoísmo, sino como realismo. La primera vez que me ofrecieron
la dirección de un noticiero, aquello me golpeó. Me golpeó tanto
que no pude dar la respuesta en ese momento. Entonces "pedí
time" para el día siguiente y aquella noche, fue una noche
bastante lenta, como todas esas noches en que uno no puede dormir,
porque eran argumentos en pro y en contra. Y el argumento que
más pesé fue: "si tu accedes a ser director de un noticiero,
nunca vas a dirigir el noticiero".
Los directores generalmente tienen que obedecer a otras presiones, a
otras alternativas distintas de lo que ellos tendrían como periodistas
puros. Entonces ya interviene el factor político, el económico,
las relaciones públicas, una cantidad de cosas. Entonces, de
ser director para no poder dirigir a ser reportero, para ser
dueño de mis propios instantes y personajes, indudablemente
no había mucho de donde escoger.
P.: ¿Ni siquiera te tentó desde el punto de vista económico?
J.D.R.:
Hay algo que a mí me dejó mi formación de seminarista y de sacerdote
y es una cierta austeridad de vida. Me encantan las cosas cuando
las tengo y las disfruto, pero no me echo a morir cuando no
las tengo y no las puedo disfrutar. Luego, la vida me ha enseñado
que hay una cierta aristocracia del espíritu que consiste en
no vivir para tener y en no dedicarle ni tiempo ni deseos a
cosas que no se pueden tener. Y luego la misma formación humanística,
la afición a las cosas intelectuales, a la lectura, a la investigación,
al estudio, me dan otra manera ver las cosas. Y di con una fortuna,
y es con una esposa que es una maga... Vivimos austeramente
y vivimos contentos. Total que para mí no constituyó en ese
momento una tentación el hecho de que si va a aumentar tu ingreso
o vas a tener carro con chofer, ni cosas de esas. Para mí eso
es más bien secundario.
P.: Cuando te comparas en tu austeridad con los demás mortales que hacen
el mismo oficio tuyo, ¿qué reflexiones te haces?
J.D.R.:
Cada uno tiene su vida, pero todos tienen su ideal periodístico,
eso sí es indudable. Lo que pasa es que muchas veces las circunstancias
para todos nos son tan favorables, como para que puedan hacer
una reflexión que les dignifique y les magnifique la profesión.
Asumen la tarea un poco como una supervivencia, primero supervivencia
puramente humana y después supervivencia profesional.
Es una profesión muy competida, entonces el
colega como que en un determinado momento piensa: "yo primero
tengo que sobrevivir como persona, después tengo que sobrevivir
como profesional y si me queda un margen voy a exaltarme profesionalmente
ya con más estudio, más reflexión". Lo que pasa es que
esa tercera etapa muy pocas veces se logra.
Yo creo que al periodismo colombiano le está
haciendo mucho mal el sentido empresarial con que se acomete
y el no haber entendido en las empresas periodísticas las verdadera
dimensión que tiene esta profesión. Los que se destacan, y hay
muchos que se destacan, lo hacen combatiendo contra viento y
marea; de ninguna manera con facilidad.
P.: ¿Consideras que de pronto es "peligroso" que a los periodistas
les paguen sumas astronómicas en la medida en que así se estaría
enajenando la capacidad de independencia?
J.D.R.:
Sí, las sumas astronómicas dejan la sospecha de que se ha pignorado
la independencia y en ese sentido las sumas astronómicas son
tan corruptoras como las sumas de hambre que también pignoran
la independencia. Fíjate que en los dos extremos se encuentra
en peligro el mismo valor, la independencia.
P.: Hablabas ahora de dignificar la profesión. ¿Una forma de dignificarla
es a través de la ética de la cual se hablaba poco en el pasado?
J.D.R.:
Sí, la falta de costumbre se debió a lo siguiente: a que siempre
la ética se ligó como por asociación de ideas a la cosa religiosa
y luego a la imposición de normas y eso provocó rechazo. Si
a eso le sumas la otra circunstancia de que cuando se toma en
la universidad o en el bachillerato una clase de ética y lo
que te resulta es una clase abstracta con unos principios "inmamables"
por lo difíciles e inexplicables, naturalmente eso crea una
prevención y era justamente lo que encontrábamos los que hicimos
esa primera aproximación en el Círculo de Periodistas, que la
gente le tenía aversión al asunto.
Después, a fuerza de estudiar el caso y de preocuparme
por el asunto, llego a darme cuenta de que es lo más práctico
que hay.... Total que cuando le leí hace poco a Adela Corfina
en uno de sus libros, que la ética es un saber práctico, ya
eso lo había experimentado.
En realidad, es un saber práctico y esto me
lleva a lo siguiente: llegué en un momento dado a la convicción,
a fuerza de observar en mi propia vida y en la vida de los colegas
el ejercicio de la profesión a darme cuenta de que ética y técnica
están estrechamente relacionados, tú no los puedes separar.
Y miras a los periodistas más valiosos y a los que más admiras
y a los que más te quieres parecer y te das cuenta de que en
ellos hay esa conjunción.
P.: Pero cada vez hay más reflexión sobre la ética...
J.D.R.:
Sí, lo que pasa es que tienes que entender que hay una ética
elemental que viene a ser ese conjunto de normas que te permiten
sobrevivir en sociedad y para eso no necesitas ningún principio
religioso. El principio religioso toma esos principios y los
exalta y los eleva a su máxima potencia. De eso no son capaces
todos los mortales, algunos sí lo son y son esas personas maravillosas
que tu encuentras en la sociedad que las mueven a partir precisamente
de sus convicciones éticas, que en ellos son convicciones profundamente
de fe...
En el periodismo ha ocurrido un proceso parecido.
Yo recuerdo hace 28 años, tal vez a mí me invitaban a unas conferencias,
en el curso de unos seminarios que organizaban Andiarios y el
SENA para periodistas en todo el país. Yo iba ahí como invitado,
y era el titular del quinto punto, los cuatro primeros eran
los que se estimaban los puntos más importantes, cómo redactar,
cómo leer un informe, cosa de esas, y en quinto lugar un tema
un poquito exótico de un loquito que habla sobre ética, eso
hace 28 años. A la fecha, esas reuniones en muchísimos casos
se hacen únicamente para hablar de ética y se está multiplicando.
Yo me paso buena parte de mi tiempo viajando a distintas partes
para hablar de estos asuntos porque veo que la profesión ya
ha entrado la convicción de que uno no puede ser buen periodista,
si no es un periodista ético.
P.: ¿Cómo has ejercido esa fidelidad sin perjuicio de la libertad de informar
que también forma parte de tu bagaje periodístico?
JDR:
Porque entiendo que la libertad de informar es el resultado
de la acción de hombres libres y yo no concibo un periodismo
hecho sin libertad personal. Distingo entre esa libertad personal
y esa libertad formal que dan las leyes. Para mí esa libertad
formal que dan las leyes es un aspecto muy segundón frente a
este otro que es el fundamental: la libertad personal. El periodista
es alguien que tiene que trabajar en ese ambiente de libertad
y es lo que le configura su talante. Los periodistas nos conocemos
unos a otros porque todos tenemos el mismo talante, y tenemos
un mismo perfil espiritual que está definido fundamentalmente
por el afán de libertad, por estarnos construyendo nuestra independencia.
Somos personas muy poco domeñables, siempre queremos seguir
nuestro camino propio. Por eso son de admirar los jefes de redacción
y los directores que tienen que manejar agente de este talante.
P.: La
exigencia de la tarjeta de periodista ha sido una buena experiencia,
¿seguirá siéndolo?
J.D.R.:
Yo creo que, en principio, es una buena solución. El periodista
necesita una formación, sobre todo si se tiene en cuenta el
trabajo que tiene que desempeñar actualmente. Yo miro cualquier
sala de redacción y encuentro que allí llegan ríos de datos,
pero por cantidades y te están llegando por fuentes que están
inaugurándose continuamente. La última, Internet.
Todo ese río de información no la puede manejar
una persona que se haya improvisado en esto. Si es una persona
que en otra disciplina adquirió habilidad para hacerlo, bienvenida
sea, agréguele unas cuantas técnicas periodísticas y sobre todo
la pasión por este oficio y tendrá buenos periodistas sin necesidad
de tarjeta. Es la razón por la que a mí no me ha cabido ninguna
duda de que hombres como García Márquez, como Alvaro Gómez y
como estas brillantes figuras del periodismo que no tienen tarjeta,
pues deben continuar, están aportando. Lo decía en alguna columna
recientemente, su tarea periodística es su tarjeta y de eso
no cabe ninguna duda.
Ahora, lo que habría que poner en duda es la
manera de esa formación. Llevamos ya varios años en que las
universidades están buscando un camino y no lo logran encontrar.
Ahora se ha abierto otra alternativa que son los posgrados.
Y la experiencia que personalmente tengo con profesionales en
posgrados de periodismo es una experiencia que hasta ahora me
convence, en el sentido que es gente que después de haber hecho
una profesión, es tal la pasión que siente por este oficio que
se van a matricular en un posgrado costoso y se sientan otra
vez en las bancas a estudiar y a estudiar con mucho entusiasmo.
Para mí hay algo que es fundamental y que es lo que más se ha
olvidado, el periodismo no es una técnica, es una pasión, y
si tú lo tomas como una pasión, la técnica viene por añadidura.