Pulso del Periodismo

ARCHIVO

Pulso Picture

La política del palo: violencia contra la prensa
en América Latina

Por Silvio Waisbord

El 25 de enero de 1997, el cadáver achicharrado del reportero gráfico José Luis Cabezas apareció en un automóvil quemado en Pinamar, un elegante centro de veraneo argentino. El asesinato heló la médula de los argentinos, pues recordaba los métodos infames de los escuadrones de la muerte que recorrían el país en tiempos de las juntas y de la guerra sucia de la dictadura militar. Cabezas había sido secuestrado, esposado, torturado, baleado y quemado dentro del vehículo. El cadáver quedó irreconocible; los investigadores usaron el llavero de Cabezas, su reloj y su expediente dental para identificarlo.

José Luis Cabezas, reportero gráfico de la revista Noticias, de Argentina, fue asesinado en enero de 1997.

El suceso se convirtió en un símbolo de la violencia contra la prensa y un grito de batalla para los periodistas en América Latina. Se organizaron manifestaciones para pedirle al gobierno que investigara y encausara a los responsables del asesinato. La fotografía de Cabezas sobre el lema “No olvidemos a Cabezas” apareció en vallas y pasquines en los edificios públicos y en las redacciones. Si bien en Argentina se registraron casi 900 ataques físicos y verbales contra periodistas entre 1989 y 1997, este caso traspasó los límites de la violencia acostumbrada. El salvajismo de los verdugos de Cabezas no sólo recordaba los peores años de la violencia amparada por el estado, sino que acabó con la idea de que los atentados contra los periodistas habían terminado con el régimen autoritario en Argentina, durante el cual se registraron casi 100 asesinatos o desapariciones de periodistas.

El asesinato de Cabezas es uno de los ejemplos más recientes de la persistencia de la violencia contra la prensa en América Latina. El cambio de autoritarismo a democracia no ha acabado con la violencia contra los periodistas. De 27 reporteros muertos en 1997 en todo el mundo, 10 casos corresponden a América Latina, cuatro a Colombia, tres a México, y uno a Argentina, Brasil y Guatemala, respectivamente. Durante la última década, decenas de periodistas se han visto intimidados y asaltados, y 122 han resultado asesinados o desaparecidos. Las organizaciones domésticas e internacionales han exigido que los casos se investiguen y la Organización de Estados Americanos (OEA) creó la oficina de un relator de prensa para reportar los abusos. Sin embargo, los responsables de la violencia contra la prensa rara vez han sido encausados. Como ha sucedido en el caso Cabezas, las investigaciones judiciales se demoran y se atascan en una red de intereses políticos.

¿Qué mueve la violencia contra la prensa en América Latina, y cual es el reflejo que arroja sobre el estado de la libertad de expresión en la región? ¿Está el problema relacionado con la dificultad de garantizar el respeto a los derechos humanos? ¿O es una manifestación de una dinámica mayor de violencia política que fundamenta la historia política de la región?

Violencia contra la prensa y violencia política

La violencia contra la prensa es sencillamente otra manifestación de la violencia que ha asolado por mucho tiempo a América Latina. En una región dominada por una política violenta, sería sorprendente que la prensa no fuera blanco de ataques. No es coincidencia entonces, que se haya producido un mayor número de ataques mortíferos contra los periodistas en países donde los niveles históricos de violencia han sido altos. De acuerdo con los archivos de organizaciones domésticas e internacionales, la situación en Colombia, Guatemala, México y Perú es significativamente peor que en otros sitios de la región. La tasa de 133 periodistas muertos entre 1978 y 1997 ha hecho de Colombia, en particular, uno de los países más peligrosos para quienes ejercen esta profesión, aunque la situación mejoró un poco en la década de los 90. Dieciocho periodistas fueron asesinados en 1986 en el apogeo de la violencia relacionada con el cartel de Medellín, comparado con cinco en 1997. También en los años 90, 15 asesinatos de periodistas se conocieron en México y 20 en el Perú.

En esos países, la violencia contra la prensa no está aislada de las condiciones políticas más amplias. La violencia ha caracterizado la política colombiana durante gran parte de la historia moderna del país. Guatemala se recupera de 36 años de guerra civil. En México, la violencia relacionada a las drogas es común, especialmente en los estados norteños. Perú tiene que lidiar con los residuos de movimientos guerrilleros violentos y con la herencia del golpe de 1992, que le dio carta blanca a los militares y a los servicios de inteligencia.

La violencia contra la prensa está vinculada a la crisis del Estado. La existencia de zonas sujetas al dominio de narcotraficantes, grupos paramilitares y movimientos guerrilleros manifiestan la desintegración de la autoridad del Estado. Aunque cualquier generalización obviaría las sutilezas de cada caso, los ataques a los periodistas deben ser entendidos como una expresión de una situación de guerra “incivil” –de violencia localizada, dispersa y no estructurada– a la cual le falta las características de una guerra civil formal. Este tipo de crisis varía en cada país, pero es evidente en países donde la violencia contra la prensa es endémica.

El peso de la economía del narcotráfico ha exacerbado la situación. A menudo, en complicidad con las autoridades locales y nacionales, los jefes de la droga tienen control absoluto sobre determinadas zonas geográficas. Un periodista que pretenda reportar sobre asuntos relacionados con las drogas, corre el riesgo de enfrentarse no sólo con los narcotraficantes, sin paciencia para con el debate democrático, sino también con la pasividad de las autoridades oficiales. El panorama se complica aun más con los militares y con los grupos paramilitares creados para combatir el narcotráfico y la insurrección guerrillera. Estos grupos disfrutan de una gran autonomía y, si responden a algún poder, responden sólo a las autoridades militares. La combinación de poderosos jefes de la droga y fuerzas oficiales corruptas, especialmente en las regiones dominadas por movimientos guerrilleros en la última década, ha sido mortífera para los periodistas. Una compleja red de intereses que incluye jefes de la droga, políticos locales, policías, militares y guerrilleros, en algunos casos se ha confirmado y en otros se sospecha que está detrás de decenas de ataques contra periodistas.

Estos problemas se agudizan en el interior de los países. Aunque las zonas urbanas no están exentas, la prensa provincial ha sido más susceptible a los ataques mortales que la prensa metropolitana. En la última década, el 75 por ciento de los asesinatos y desapariciones de periodistas en la región tuvo lugar en provincias. Entre 1986 y 1996, un periodista fue asesinado en la Ciudad México, de un total de 10 periodistas muertos en ese país. Igualmente, los periodistas que trabajan en Brasilia, Rio de Janeiro y São Paulo rara vez han sido blanco de la violencia; la mayoría de los ataques han sido dirigidos a sus colegas en el interior brasileño. brasileño. En Paraguay, también, los periodistas que trabajan en pueblos fronterizos han sufrido más intimidaciones y agresiones físicas que sus congéneres en la capital.

Cuando el estado deja de ejercer su soberanía y la ley no impera, los periodistas, al igual que otros ciudadanos, confrontan una situación peligrosa. Al contrario de otros, sin embargo, los periodistas –especialmente aquellos afiliados a las grandes empresas noticiosas en las zonas metropolitanas– tienen la posibilidad de atraer una bien difundida publicidad. Las grandes empresas de medios así como las organizaciones nacionales e internacionales ofrecen “disuasión por publicidad”. Esto, sin embargo, no garantiza la invulnerabilidad, según lo evidencia el frecuente hostigamiento de los periodistas en zonas metropolitanas, incluyendo los asesinatos en pleno día. Los periodistas que están lejos de las luces de los grandes medios tienen aún menos protección. Faltándole la visibilidad y la prominencia de los medios noticiosos metropolitanos y el control efectivo sobre los poderes locales, los reporteros regionales son vulnerables a la brutalidad policíaca y a la represión paramilitar.

La ineficacia del sistema judicial exacerba esta situación anárquica en gran parte de América Latina. Los sospechosos rara vez son procesados, y cuando lo son, los casos se engavetan y se olvidan; por ejemplo, los responsables fueron identificados y capturados en solamente seis de los 108 asesinatos de periodistas colombianos entre 1977 y 1995. El problema no es tanto la falta de legislación como el incumplimiento de las leyes. Este problema no es peculiar a la violencia contra la prensa, sino que representa la dificultad mayor de institucionalizar el estado de derecho y de eliminar la impunidad en la región.

La violencia y el nuevo espíritu del periodismo

La violencia contra la prensa no es indiscriminada. No es la prensa, en general, la que sufre la violencia, sino los reporteros individuales y las organizaciones de prensa. En el pasado, el hostigamiento a los reporteros estaba vinculado a confrontaciones partidistas o ideológicas. Los ataques de hoy presentan un patrón distinto y reflejan el auge de organizaciones que se atreven a confrontar a los oficiales del Gobierno y a examinar las actividades de las organizaciones paramilitares y del narcotráfico. La mayoría de las víctimas son reporteros que cubren asuntos controversiales y sensibles, como la corrupción, el narcotráfico y los abusos contra los derechos humanos. En México, los blancos incluyen publicaciones que investigan vínculos entre los jefes de la droga y la policía y los jueces locales, como el periódico Zeta, de Tijuana. Los reporteros que escriben acerca de la corrupción policial, incluidos periodistas de TV Azteca, Reforma y El Universal también sufren ataques. En Perú, el semanario Caretas y el diario La República, así como los reporteros investigadores de medios impresos y de la televisión, son intimidados por los militares y por los servicios de inteligencia. En un episodio que tuvo repercusiones nacionales e internacionales, el elenco y el dueño de la estación de televisión Frecuencia Latina se vieron precisados a abandonar el país luego de denunciar abusos militares, corrupción e interceptación ilegal de líneas telefónicas por parte del Gobierno.

En países sin tradición de respeto por los derechos democráticos básicos, persiste la creencia de que el reporteo crítico es un estorbo que puede y debe ser eliminado. A pesar de una mejoría evidente en el clima general de la libertad de prensa después de la restauración de la democracia, la actitud ambigua de los gobiernos de la región hacia la prensa implícitamente envía el mensaje de que la violencia contra los periodistas no será castigada. Los intentos legales de callar a la prensa crítica refuerzan el sentido de que una prensa adversaria no puede ser tolerada.

En la Argentina, las peroratas del Gobierno contra los periodistas van en contra de la retórica oficial la cual proclama que una prensa crítica es bienvenida en un orden democrático. Cuando un reportero que investigaba la conexión entre mafias políticas y políticos prominentes fue golpeado recientemente, el presidente Carlos Saúl Menem comentó a la ligera que esos ataques eran “gajes del oficio”. Después de una serie de revelaciones acerca de la construcción de una nueva pista en el aeropuerto de su pueblo natal, Menem ripostó que el reportaje había sido producido por “periodistas estúpidos, mentirosos y deleznables pagados por la oposición”. Durante una rueda de prensa para corresponsales extranjeros en junio de 1997, Menem describió a Horacio Verbitsky, columnista del diario Página/12, como “uno de los mayores terroristas en la Argentina”. Más tarde en el mismo año, Menem endorsó la “ley del palo”, refiriéndose a la “libertad de la estaca” que había propuesto Benjamin Franklin como condición de la libertad de prensa. Franklin había bromeado que la “ley de la estaca” permitiría que los escritores que atacaran la reputación de alguien fueran emboscados y vapuleados, y que los reporteros que afrontaran al público fueran emplumados. El tono irónico de los comentarios de Franklin, repetidos por Menem, no tuvo mucha acogida en un país que todavía se recuperaba del asesinato brutal de Cabezas. Finalmente, luego de revelaciones en la prensa de corrupción gubernamental, la administración de Menem presentó un proyecto de ley al Congreso que incluía cárcel y altas multas por insultos y por difamación que resultaba más severa que la pena impuesta por tortura. Menem retiró el proyecto de ley mordaza después que ésta fuera objeto de protestas domésticas e internacionales.

En otros lugares en América Latina, la situación legal no es mucho mejor. La presa peruana sigue supeditada a las leyes contra el terrorismo promulgadas después del golpe de 1992. En México, el gobierno de Zedillo presentó un proyecto de ley al Congreso que incluía multas de hasta 100.000 dólares por difamación, e indemnizaciones ilimitadas contra los dueños de los medios. Hasta el momento hay presentados 74 casos bajo esta ley.

¿Cuál es la importancia de la violencia contra la prensa?

Una prensa democrática es necesaria para fortalecer la sociedad civil y las libertades fundamentales. En América Latina, la dificultad no sólo estriba en el establecimiento de una prensa independiente del Estado sino, además, en la existencia de sociedades diezmadas por costumbres violentas. La violencia contra la prensa pone de relieve la fragilidad de las instituciones democráticas en países que todavía experimentan guerras interinas y cuyos gobiernos son incapaces de proteger los derechos básicos. La América Latina sufre el legado de violencia de los períodos dictatoriales. La región todavía sufre del uso de los poderes del estado a discreción de los gobernantes y de la existencia de organizaciones criminales que eluden cualquier tipo de control democrático. La actitud equívoca de los funcionarios electos hacia la protección de los derechos de la prensa contribuye a fomentar una atmósfera de violencia. Las perspectivas de afirmar una prensa democrática quedan seriamente constringidas cuando la sociedad civil, idealmente un reino de pluralismo y de tolerancia, se fragmenta en islotes de civilismo. Más allá de esos islotes, la prensa, si decide criticar los poderes locales y nacionales, confronta la violencia de guerras decididamente inciviles.



Silvio Waisbord es profesor asistente de comunicaciones de la universidad de Rutgers. Está terminando un libro sobre periodismo investigativo en Suramérica.

 

(30 de abril del 2000)

 

CENTRO INTERNACIONAL DE PRENSA
UNIVERSIDAD INTERNACIONAL DE LA FLORIDA, MIAMI